miércoles, 13 de octubre de 2010










EL TEJIDO COMO PERSONALIDAD

Escrito en 2010/año Judío 5771

Al ir tejiendo la cobija para su hijo, la madre sabe que cada punto es importante: el que elabora un detalle y el que, casi sin notarse, lo entrelaza con otros en la aparente rutina de tramar lo que dará a la pieza su densidad y textura. Aunque el detalle llame la atención, sólo la trama da cuerpo al tejido con el que las manos de la madre seguirán acariciando y protegiendo al hijo.

Así, al hablar de “tejido social” y “tejido urbano” nombramos esos otros entrelazamientos que, tramados entre todos, construyen diariamente nuestra entidad e identidad. En ella cuentan tanto los grandes eventos como la cotidianidad sencilla, las personas y las personalidades que dan consistencia y realidad a las presencias que constituyen una nación.

Cuando, como en Venezuela, ese tejido es producto de un complejo, a veces difícil y siempre diverso entrecruzamiento de orígenes, motivos, tradiciones, expectativas y azares, en el que lo único común es la esperanza, las oportunidades se multiplican tanto como se entrelacen las multiplicidades y logren tramarse las distintas fibras.

Como tan bien reseña la “Adolescencia en San Bernardino” de Elisa Lerner, a quien emigra le toca ir conociendo ese nuevo mundo con el instrumental que trae como equipaje y que, precisamente, reconoce con mayor intensidad mientras, no pocas veces ardua ni siempre conscientemente, va entretejiendo costumbres nuevas que adoptan con otras viejas que adaptan, modos, sabores, referencias, preferencias, lugares y memorias en una realidad distinta aunque parecida tanto a la que se halló como a la que ya se conocía.

Tal es el tejido de la Venezuela moderna: entrecruzamiento de influencias, divergencias y confluencias múltiples. Aunque suele decirse que nuestro siglo XX comienza en 1935, a la muerte de Gómez, creo no sólo más cierto sino más estimulante (y, por eso, más retador) pensar que nuestra modernidad, más que de una muerte, surge de un nacimiento: el de la esperanza.

A engendrar esperanza vinieron los conquistadores y, desde fines del siglo XIX y, aún más, durante el XX, llamados por la promesa petrolera o como efecto de las guerras europeas, las dictaduras en el cono sur y las atrocidades de ambas, tantos que desarrollaron o formaron familia en esta tierra en la que ya varios descansan para siempre. Entre todos, cada quien con sus recursos, prioridades y circunstancias y las de un generoso país modesto, tramamos la tolerante diversidad que nos ha distinguido y que, frágil recurso natural, exige atención constante para preservar sus virtudes.

Y si cada grupo aportó a este tejido diverso sus peculiaridades regionales, lo distintivo de la comunidad judía es cómo cada uno de sus miembros sintetiza, con inusual flexibilidad aprendida a fuerza de años de azarosa historia, las diferencias de su nacionalidad original con firmes tradiciones ancestrales, comunes en lo esencial y también diferentes según su raíz sefardí o eskenazí.

No cuesta mucho imaginar a jóvenes judías aprendiendo, al mismo tiempo, el punto de una ensalada cocha y cómo hacer una arepa, o a muchachos que, con casi igual dedicación, practicaban una correcta pronunciación para su Bar Mitzva y sus primeros pasos de guaracha o bolero. Así, personas aparentemente anónimas y personalidades notables, aportaron sus matices al esfuerzo nacional de tejer su esperanza, diversificar sus opciones, intensificar sus búsquedas y consolidar sus realizaciones para construir su modernidad: en lo habitual y en lo protagónico, en lo rutinario y en lo notorio, aportando inteligente, constante, sólida y permeablemente sus particulares fibras para enriquecer la diversidad de este tejido cotidiano que nos forma y conforma.

En el imaginario nacional fluyen tanto del delicado humor de Amador Bendayán como la imponencia del Teatro Junín o el Radio City; la anticipación de una merienda dominguera en el Centro Médico y los logros de Elías Benarroch, Martín Mayer, Miguel Laufer o Estrella Laredo; la entrega de Rubén Merenfeld, Siegbert Holz, Elena Blumenfeld o Víctor Benaím y la vigorosa presencia de mujeres tan distintas y brillantes como Lya Ímber, Senta Essenfeld, Lolita Aniyar, Ruth Lerner, Harriet Serr y muchas otras; la meticulosidad de Gego o Harry Abend y la laboriosidad de las canastillas; Jacques Braustein descubriéndonos el jazz y los tips musicales de algún amigo, alumno del “Emil Friedman”; la iniciación al teatro con Clara Sujo o Isaac Chocrón y las carcajadas familiares por los gestos de Gloria Mirós; la sistematicidad de Angel Rosenblat para redescubrirnos la lengua, la rigurosidad de Harry Ossers para descifrar la geometría, el ingenio de Roberto Benaím para la comunicación masiva o los reveladores anaqueles de “Cruz del Sur”; los emblemáticos edificios de Arthur Kahn, la sensibilidad urbana de Mario Benmergui o el saber estructural de Paúl Lutsgarten; las delicias de la Pastelería Vienesa o el virtuosismo de Stefi Stähl; las tiendas “los turcos” y las estadísticas de Ruth de Krivoy o Moisés Naím; para irnos así apropiando de lo que tan apropiadamente suma el esfuerzo de todos: el casi anónimo de hombres y mujeres que emprendieron desprendidamente la construcción de esperanza para su familia y el de quienes, con más visibilidad y en campos muy disímiles, dieron su pasión y conocimiento a esto que vamos siendo y siguen alentando, por caminos también diversos pero igual rigor y entre muchos otros, venezolanos como Elia Schneider, Offer Zacks, Jacqueline Goldberg, Benjamín Scharifker o Myriam Kornblith y quienes “tan sólo” llevan adelante el arduo trabajo de hacer las cosas bien, todos los días. Sin las “puntadas” de cada uno, el tejido de lo que somos sería menos; porque cada quien aportó lo que debía, somos más porque más sólido, rico y diverso es lo que nos soporta, congrega y entrelaza.

Para preparar estas líneas me fue de especial utilidad un acucioso estudio de Paulina Gamus[1] que concluye con una anécdota evocadora.

Cuenta que su padre, “un judío nativo de Alepo, Siria, que llegó a Venezuela en 1929 sin hablar una palabra de español, solía expresar su gratitud a esta tierra con un gesto que sin palabras lo decía todo: Cada ocasión festiva en el seno familiar, la celebraba paseando la bandera nacional por toda la casa y entonando, con su acento árabe, el Gloria al Bravo Pueblo”.

Sin saberlo, arropado con un símbolo patrio y dejando fluir otro desde su interioridad profunda, entrelazando en ese rito casi teatral hilos, palabras y notas que pudieran no haber sido más que un trozo de tela y otra melodía como sus símbolos más profundamente constitutivos, el turco Gamus construía en esas fechas especiales una obra de arte que, con contundente refinamiento, resumía la diaria apropiación de un país cuya personalidad era ya suya y su agradecimiento al pueblo amablemente bravo del que sería ya siempre parte.

Celebro como la personalidad más destacada del tejido que nos sostiene, identifica y motiva esa construcción cotidiana, apasionada, laboriosa de la esperanza, evocada en días especiales pero conformada a lo largo de todos los que, indispensable y calladamente, los hilan y ensamblan, en esta obra en la que todos somos importantes y que sólo sucumbirá si la abandonamos.

Como toca recordar para festejar el inicio de ciclos nuevos y concentrarse en los días de reflexión para, a partir de ellos, sortear con éxito y sabiduría las vicisitudes y angustias que nos traerá el nuevo año y celebrar con apropiada emoción los logros y alegrías que también nos aguardan si sabemos cultivarlos.


GRAZIANO GASPARINI

Y

La modernidad

QUE TENeMOS SIN SABERLO

Escrito en 2010




Es casi un lugar común aseverar que Venezuela entró al siglo XX en 1935.

La conseja vincula la muerte de Juan Vicente Gómez y la progresiva aparición de modos precaria pero progresivamente democráticos con la modernización de un país que experimenta insólitas trasformaciones y exhibe un eufóricamente excitante vértigo de progreso como signo de un destacado período de nuestra historia nacional, en el que no faltaron, también debe decirse, errores y horrores cuya ignorancia ocasionó problemas aún pendientes.

Aunque, ciertamente, la muerte de Gómez coincide con el advenimiento de formas sociales, políticas, urbanas, intelectuales y estéticas más “modernas”, la celeridad e intensidad de esos cambios no habría sido posible o, al menos, habría sido muy distinta sin la concurrencia de otros factores y actores.

A quienes habían venido buscando su cuota de bonanza petrolera se suma la migración (voluntaria o forzada) causada por las guerras europeas y en un lapso muy breve, se reúne en un país pequeño[i] un grupo numeroso y diverso de personas con distintos bagajes, visiones y experiencias que, sin espera, actúan sobre su nuevo hogar con intensidad y diligencia.

Aplicando lo que saben hacer, unos suman su sazón a nuestra gastronomía para darle su multiplicidad actual, mezclando sabores y construyendo tradiciones que a veces olvidamos son muy recientes; otros levantan edificios con técnicas aprendidas en su práctica y criterios enraizados en su subconsciente, que, al convivir con los de otros artesanos igualmente capaces con imaginarios distintos, crean la variedad de tipos arquitectónicos que aún hacen de cada una de nuestras ciudades una vivencial colección de fragmentos urbanos y formas edilicias; otros suman a la reconocida coquetería venezolana su conocimiento de costura y se convierten en modistas y sastres que dirigen el gusto de una sociedad ávida de nuevas tendencias; cada uno con su capacidad y ánimo, van logrando espacio y oportunidades en una sociedad tolerante, abierta y deseosa de reformularse, de lo que existen no pocos testimonios y amplios agradecimientos.

Pero al lado de estas hibridaciones cotidianas ocurren otras menos aparentes pero quizá más determinantes para la construcción de esa modernidad que, a mediados del siglo XX, nos cambia de manera rotunda, física, científica, operativa y perceptualmente.

Aunque paradójico, es fascinante que, entre otros muchos casos que puedieran citarse, el “pintor del ávila” (algo así como el retratista de la familia caraqueña), sea el barcelonés Manuel Cabré[ii]; que el polaco Ángel Rosenblat[iii] nos haya revelado el valor y significado de nuestras “buenas y malas palabras”; que el “Cantor de Caracas” sea el dominicano Billo Frómeta[iv]; que conozcamos los testimonios de quienes primero habitaron estas tierras por la indagación que, escudriñándolas, hizo otro catalán, José María Cruxent[v], o que el más emblemático arquitecto venezolano, Carlos Raúl Villanueva[vi], haya nacido en Londres y llegado al país casi cumpliendo treinta años.

Paradójicos y quizá mágicos, estos hechos dan al proceso su fundamento lógico.

Esas mentes indudablemente brillantes, curiosas, estudiosas, necesitaban entender el lugar que adoptaban como propio para actuar con, en y sobre él con propiedad, y para ello utilizan con rigor científico su conocimiento para aproximarse efectiva y afectivamente al mundo que requerían internalizar, apropiarse de él para rescatarse del extravío del exilio, en un intercambio entre evidencias exteriores y necesidades interiores, entre el tesoro que guardaba ese mundo nuevo y lo que el observador aguardaba para conocer el lugar y reconocerse en él.

De este modo, el esfuerzo iniciado por jóvenes locales en distintas áreas y subestimado por una sociedad contradictoriamente ávida de cambio y conservadora, consigue legitimarse a través de las ideas, métodos, imágenes y preguntas que, formal o informalmente, estos nuevos habitantes incorporan al temario de esa imprecisa pero decidida búsqueda de modernidad.

En estos términos, y mucho más allá de las circunstancias internas y externas que la facilitaron, la modernidad venezolana (que algunos hoy cuestionan, otros añoran y la mayoría parece desconocer) nace y se desarrolla a través de una, compleja, a veces accidental y complicada interacción entre el deseo de jóvenes locales por integrarse a un mundo cambiante con el que sólo lograban tener escaso contacto, la insistencia de algunos de ellos, formados en el exterior, por incorporar sus visiones a una realidad que se resistía a aceptarlas y el aporte científico (en el sentido de rigor investigativo y sistematicidad productiva) de quienes al llegar encontraron en este territorio prácticamente virgen la oportunidad de probar y compartir teorías de las que habían oído, otras que habían estudiado y varias que fueron imaginando, tanteando, dándoles forma o descartando en el campo mismo de sus estudios y exploraciones.

Cada uno de estos “nuevos venezolanos” dedicó su instrumental intelectual y mucho tiempo a entender qué significaba esa nueva parte de sí mismo que había decidido adoptar y, al hacerlo, reveló a quienes supieron entenderlo que en mucho de lo que veían como simple cotidianidad y acaso rechazaban por provinciano o simplemente “usual”, existía una rica y compleja gama de valores, posibilidades y responsabilidades a asumir. Y que esa asunción, ejercida con tanta precisión como afecto, capaz de adentrarse en las cosas sin prejuicios pero con cercanía, constituía la modernidad que se buscaba afuera y que el ojo menos contaminado del observador recientemente arribado permitía reconocer aquí y justo enfrente.

Al des-cubrir lo próximo y casi evidente, quitarle el velo de polvo o desapego que enturbiaba su reconocimiento, este ejercicio sistemático del conocimiento descubre, como bien dice Octavio Paz “que la modernidad no está fuera sino dentro de nosotros.[vii], tanto en el esplendor como en las miserias de esta tierra “inmensa de hombres alucinados y mujeres históricas, cuya terquedad sin fin se confunde con la leyenda[viii] y que debe comprenderse y acometerse con dedicación para no sucumbir ni a la falsa glorificación ni al avergonzado desconocimiento de su cruda pero incitante verdad.

Es ésta la apasionada dedicación que evidencia la casi dolorosa belleza de las fotografías con que Graziano Gasparini reseña personas y edificaciones estoicamente erguidas en la inclemencia de Paraguaná o de los páramos andinos, pero, quizá más que nada, el orgullo con que casi en cualquier recuento de su vida Gasparini recuerda siempre el modo en que el diario El Nacional comentó su primer libro, Templos Coloniales de Venezuela (1959), reseñando que la publicación nos revelaba que “teníamos una arquitectura colonial sin saberlo[ix].

Alumno aventajado y dilecto de Carlo Scarpa[x] en la Escuela de Arquitectura de Venecia y su asistente en la construcción del Pabellón Venezolano para la Bienal en esa ciudad, Graziano llega a Caracas invitado por el gobierno de Rómulo Gallegos a pasar una temporada y una serie de circunstancias (entre ellos el derrocamiento de su anfitrión…) prolonga su estadía hasta su profunda e irrenunciable venezolanidad de hoy.

Uno puede imaginar a Gasparini, sin mucho trabajo y ávido de entender este nuevo territorio, con la visión comprehensiva de la historia aprendida de su maestro (que, como Lewis Carrol, sabía bien que “pobre memoria es aquélla que sólo funciona hacia atrás[xi]), viajando por Venezuela y registrando con su cámara fotográfica el desarrollo de su romance con ese territorio que va conociendo. Resuena el dramatismo del neorrealismo de De Sica o Rossellini en los duros contrastes de esas sombras casi cortantes sobre construcciones al borde de la ruina pero también, y quizá sobre todo, la conmoción ante su parca belleza, registrando detalladamente, encuadrando cuidadosamente y revelando dedicadamente los accidentes efímeros de siluetas arquetipales, contrastes extremos sobre formas atemporales y territorios desolados en los que apenas una figura que se asoma o un cerdo buscando alimento recuerdan que la vida sigue e indican la escala del mundo edificado en que busca desarrollarse.

Este conjunto de fotografías testimonia la internalización de Gasparini en el país a través de su arquitectura popular y viceversa: el trabajo profundo de un aguzado y vehemente investigador que mira, reseña, escruta para entender y acercarse, descubrir un mundo que ni él ni los que lo habitaban sabían que existía y que, a partir de esa sistemática reseña y su metódica transformación en publicaciones, es hoy un haber colectivo y referencia obligada.

Los muchos libros que sus viajes, fotos, estudios e investigaciones le han permitido publicar lo demuestran capaz de asumir con igual destreza la documentación histórica, la reseña cotidiana, la monumentalidad institucional y la intimidad doméstica, entendidas todas como componentes del continuo experiencial, temporal y funcional que conforma la cotidianidad que construimos y nos constituye. Otra de sus obras, el Centro de Investigaciones Históricas y Estéticas en la Facultad de Arquitectura de la Universidad Central, permitió a muchos, en tiempos en que casi parecía una mala palabra, explorar los significados y manifestaciones de la belleza en el mundo edificado como un exigente objeto de estudio e imprescindible condición de una vida plena. Las más de 250 restauraciones hechas en todo el país lo convierten en protagonista de una cruzada dedicada, en un país tan obsesionado por el futuro que parecía empeñado en erradicar su pasado, a incorporar al presente edificaciones muchas veces en ruinas, sobre cuya configuración previa rara vez se contaba con datos completos o ciertos.

Pudiera resultar contradictorio asimilar este interés del trabajo de Gasparini en comprender los valores tradicionales de la arquitectura local al referido esfuerzo de modernidad de la Venezuela de mediados del siglo XX. Y pudiera serlo si habláramos de modernismo (estilo con el que, por cierto, Gasparini produjo varios edificios de delicada belleza) o incluso de lo moderno como lo meramente actual. Pero lo que hace nacional y disciplinarmente notable el aporte de Gasparini es nada historicista comprensión de lo histórico que, como Mariano Picón Salas, sabe que “la tradición histórica no radica en la liturgia o el elogio convencional (…), sino en el espíritu libre y ecuánime, en la tranquila justicia y la comprensión que le prodiguemos (…) [para] que cada generación rectifique, amplíe o enmiende el trabajo de los predecesores[xii] y busca hacerlo con una “pureza (que) consiste en aceptar (…) las limitaciones de los medios que son específicos al arte[xiii], condición esencial de la modernidad, según Clement Greenberg.

Quizá la mayor demostración de esa aproximación disciplinar no historicista a la evidencia histórica como parte de un continuo en permanente evolución, transformación e hibridación, sean sus frecuentemente polémicas intervenciones en edificaciones de cuya existencia nos enteramos por su insistencia y en las que el arquitecto opera, simultánea pero diferenciadamente, como restaurador y como diseñador para ejercer, como su maestro Scarpa, un sentido propia y apropiadamente moderno de lo histórico, presente también en sus libros, lamentablemente no pocas veces abusados como recetarios de consolación simplista. En unos y otras, tanto como en sus fotografías, Gasparini no emula simplemente ni elude la obra que analiza, reseña o interviene sino que, con rigor pero sin temor, imagina, es decir, supone y recrea para darle imagen al tiempo, ese comprehensivo espacio que la modernidad entiende como incitante invitación y no simple sucesión cronológica[xiv].

Como la fotografía que construye con la pieza pre-existente una realidad que la contiene pero que no se limita a ella y una realidad llena de evocaciones sin las telarañas de la nostalgia, Gasparini establece con la historia un diálogo libre, a veces provocador y quizá hasta discutible, pero siempre metódicamente documentado, tanto en la relación escrita de sus hechos como en el hecho construido de sus relaciones.

Como el de tantos otros, el trabajo de Graziano Gasparini demuestra que la modernidad venezolana no resulta de la muerte de un individuo sino de la confluencia de muchas vidas, compleja en la diversidad y hasta contradicciones de sus visiones pero con idéntica pasión, profundidad y perseverancia para buscar, con la ardiente paciencia[xv] del rigor y el amor, en el mundo tangible lo que el presente guarda del pasado mientras aguarda el futuro, es decir, eso que teníamos y no lo sabíamos y nos toca ahora asumir.

Tal es la modernidad que aún nos espera (bien dice Paz que “la modernidad es una palabra en busca de significado”…[xvi]) y exige de nosotros similar precisión y pasión. Otra entre las muchas lecciones que Graziano Gasparini nos continúa dando y un motivo más por los que, como a pocos, le corresponde el agradecido apelativo de “maestro”[xvii].



[i] En 1936 la población de Caracas era de poco apenas 96.000 habitantes, y la del país 486.424 habitantes, según reseña Marco Negrón en Ciudad y Modernidad. El rol del sistema de ciudades en la modernización de Venezuela, 1936-2000, Ediciones del Instituto de Urbanismo-Comisión de Estudios de Postgrado, FAU-UCV, Caracas 2001.

[ii] Nacido en Barcelona en 1890, Manuel Cabré llega a Caracas en 1896. Muere en esta ciudad en 1984

[iii] Ángel Rosenblat, nacido en Wengrow, Polonia, en 1902, llega a Venezuela, después de un periplo por varios países, en 1946, y permanece en el país hasta su muerte, en 1984.

[iv] Billo Frómeta nace en Santo Domingo en 1915. Llega a Caracas en 1937, donde muere en 1988.

[v] Nacido en Sarriá, cerca de Barcelona, en 1911, José María Cruxent llega a Venezuela al finalizar la guerra española y desarrolla una amplia obra como pionero de la antropología en el país, hasta su muerte, en Coro, en 2005.

[vi] Carlos Raúl Villanueva, (Londres,1900-Caracas,1975), quien vivió y estudió en Europa toda su vida, graduándose con honores de la exigente y tradicional Ecole de Beaux Arts, de París, vino por primera vez a Venezuela por unos meses en 1928, hasta regresar para quedarse en 1929

[vii] Octavio Paz, En búsqueda del Presente, Conferencia Nóbel 1990, Ver http://nobelprize.org/nobel_prizes/literature/laureates/1990/paz-lecture-s.html

[viii] Gabriel García Márquez, La soledad de América Latina, Conferencia Nóbel 1982, Ver http://nobelprize.org/nobel_prizes/literature/laureates/1982/marquez-lecture-sp.html

[ix] La entrevista publicada en la página Web PRODAVINCI documenta extensa e intensamente el pensamiento, historia y obra de Graciano Gasparini (http://prodavinci.com/2009/09/23/graziano-gasparini-el-arquitecto-el-historiador-de-la-arquitectura-colonial-venezolana/). También el documental producido por la Facultad de Arquitectura de la Universidad Central de Venezuela en 2009, como parte de una serie llamada 4 MIRADAS permite una aproximación al personaje con la ventaje de poder participar de la precisa tranquilidad de su hablar y su andar (http://www.vimeo.com/5186517)

[x] Nacido en Venecia en 1906, Carlo Scarpa se negó a tomar los exámenes que le darían validez profesional a los estudios realizados en la Academia de Venecia, lo que no le impidió ejercer, hasta su muerte en 1978, desde la cátedra de Dibujo y Decoración Interior una enorme influencia sobre sus alumnos y desarrollar una obra de gran sensibilidad hacia lo histórico y una sensual comprensión de la materialidad como recurso expresivo.

[xi] http://www.frasesypensamientos.com.ar/autor/lewis-carroll.html

[xii] Mariano Picón Salas, Pequeño Tratado de la Tradición, en Viejos y nuevos mundos, Biblioteca Ayacucho, Caracas, 1983, p.98

[xiii] Citado por Roger Kimball en su comentario sobre THE COLLECTED ESSAYS AND CRITICISM, de Clement Greenberg, editado por John O’Brian, en http://www.commentarymagazine.com/viewarticle.cfm/the-collected-essays-and-criticism--by-clement-greenberg--edited-by-john-o-brian-7368.

[xiv] "¿Por qué habrías sólo de hablarnos de este espacio y este tiempo, sino de todos los espacios y los tiempos que los nuestros contienen?", le increpa Fray Toribio al Escribidos de la Corte Española en la novela Terra Nostra, de Carlos Fuentes, Joaquín Martiz Ed., México 1975

[xv] Pablo Neruda utilizó esta expresión de Arthur Rimbaud en su Conferencia Nóbel (http://nobelprize.org/nobel_prizes/literature/laureates/1971/neruda-lecture-sp.html) en 1971, que sirvió luego de título a la novela de Antonio Skármeta de 1985.

[xvi] Octavio Paz, Op. Cit.

[xvii] Afortunadamente, en 2009 la Facultad de Arquitectura y Urbanismo de la Universidad Central de Venezuela supo reconocer este valor otorgándole el Doctorado Honoris Causa.


ALGUNAS REFLEXIONES SOBRE LA MODERNIDAD VENEZOLANA

Los venezolanos parecemos tener con el período que simplificamos llamando "los cincuenta" (y que en realidad abarca, al menos, desde 1935 hasta 1965) una relación simultáneamente sumisa, fatalista y masoquista. Aseguramos (a veces hasta nos ufanamos) que durante esos años se gestó una peculiar y casi inigualada "modernidad" que, aunque cimera y referencial para el continente mientras duró, parece haberse desvanecido un día, como de repente, casi como si alguien hubiera bajado el interruptor de la luz y nos hubiera reducido a unas tinieblas que habrían aparecido de manera tan súbita, inexplicable e inescapable como floreció esa modernidad excelsa pero distante y agotada a la que a veces nos aferramos como la única memoria que repiten ciertas familias para demostrar que no siempre fueron la ruina que ahora muestran, otras ondeamos con orgullo casi petulante y otras, las más, la refrescamos sólo para recordarnos que ya nunca seremos capaces de más nada.
Cualquiera de estas acepciones me parece errada y, sobre todo, inoperante, pues todas se basan en exageraciones no examinadas y terminan reduciendo el presente y el futuro a una imposibilidad que sólo limita.
Rescato algunos textos escritos para distintas ocasiones y creo publicarlos en orden cronológico, no porque tal precisión importara, sino porque espero que aunque los enfoques son parecidos, las reflexiones hayan ido evolucionando y no terminen, como las posiciones que critican, estancadas en una letanía de repeticiones.

Comienzo este recuento con un texto que me fue muy difícil escribir por la importancia que la persona sobre la que trata tuvo y tiene en lo que pienso y trato de identificar.

LOS MUEBLES DE MIGUEL

Y

EL múltiple sentido de la sencillez

(ESCRITO EN 2005)

En alguna de sus clases, Miguel Arroyo nos propuso una pregunta inquietante: obligados a renunciar a cuatro de los cinco sentidos corporales, ¿cuál conservaríamos?. Grave, esencial y determinante, la interrogante obliga, casi conmina, a definiciones fundamentales y a discusiones casi tan imposibles como las que incluyen o se refieren a credos religiosos o dilemas vitales.

Cada vez que he utilizado el ejercicio para rescatar conversaciones aburridas o clases que naufragan, he podido comprobar que son el tacto y la vista los más reclamados y que los argumentos por cada uno son tan categóricos como relativos. Extremos del espectro sensorial (todos los seres vivos poseen alguna forma de tacto, pero sólo unos pocos disfrutan de la vista), ver y tocar constituyen maneras distintas, casi opuestas, de relacionarse con el mundo, de entenderlo, pensarlo y ejecutarlo. En extremo concreto y por definición tangible, el tacto exige proximidad máxima con la cosa y con frecuencia involucra el cuerpo entero, como al registrar temperaturas, temores o pasión. Escrutadora y envolvente, la vista exige distancia para que las manchas puedan descifrarse y lo visto se haga idea de la cosa.

Optar por un sentido es, de hecho, identificar el sentido que asignamos al mundo. Pero como, afortunadamente, el mundo es complejo y múltiples nuestras necesidades, cualquier escogencia rescata en el mismo momento el valor de lo descartado, pues escoger es no sólo decidir lo que mantenemos sino la añoranza con la que viviremos.

Pienso que estos muebles de Miguel ofrecen claves para resolver la paradoja de aquella pregunta. De hecho, creo que la fabricación de artefactos útiles, parte integral e integrante de la imagen del mundo cotidiano pero también de su tangibilidad más inmediata, significó para quien se inició queriendo ser pintor (¿hay algo más visual que lo pictórico?) y luego se dedicó a la cerámica (tactilidad tan pura que depende del encuentro de los dedos con la tierra), su particular y aguda manera de escrutar el mundo para vivirlo intensamente, darle sentido preciso al ejercicio de los sentidos y convertir en eventos las oportunidades de la vida cotidiana.

Elaborando ingeniosamente los usos (como en las gavetas/bandejas de los aparadores), formalizando dedicadamente los rituales cotidianos (como en el casi monacal comedor en Pampatar), constituyendo cuerpos que habitan y hacen visible el orden del espacio (como en la escenográfica disposición que apoya cada proyecto) y construyendo espacios para el cuerpo que los habitará tangiblemente (como en la butaca que combina la lógica del mueble de paleta con la concavidad de la hamaca), todo en estos artefactos se concibe y como multiplicidad experiencial a la que cada uno aporta su propia complejidad para enriquecerla e intensificarla.

La didáctica inflexión de las secciones como traza de cargas y resistencia; la casi cortante precisión de los dibujos, con apenas una línea de sombra sugiriendo profundidad; el contraste de brillos, materia, temperaturas, que intervienen superficies con ritmos vibrantes y articulan piezas con sistemática claridad; los perfiles sinuosos, las concavidades incitantes y los esqueletos reveladores que conforman ámbitos de cobijo seductor; conforman presencias contundentes de una metódica inclusividad que escudriña y celebra la riqueza de la vida, dedicada a comprender más que empeñada en inventar.

Eficaces como utensilios y reveladores como artefactos, estos muebles convocan a los sentidos de manera integral, integrada e integradora, en un todo perceptual que intensifica la sencillez de lo cotidiano a través de la celebración de su multiplicidad, de modo que tocar es en ellos otra forma de ver, utilizar es hacer tangibles los ritos, ritualizar es darle estructura a lo visible y ver es adentrarse en los caminos del tacto.

Entiendo ahora que a esta integralidad de los sentidos, a la maravillosa multiplicidad que nos aguarda en la rotunda sencillez de las cosas y al esfuerzo al que, para identificarlas, puede dedicarse una vida, se refería aquella charada de una tarde en Sartenejas.

miércoles, 28 de julio de 2010


Presentado el 22 de julio en el Foro
CARACAS,
DESAFIOS PARA LA CONSTRUCCION DE LA CIUDAD, organizado por la
Alcaldía Metropolitana de Caracas como parte del 443 Aniversario de la ciudad.








Son de Eugenio Montejo los versos

La tierra giró para acercarnos,

giró sobre sí misma y en nosotros,

hasta juntarnos por fin en este sueño.

Sobre la tierra que gira, giran ciudades y en ellas personas. Algunas, como en los versos, se acercan y juntan en un sueño; otras no; quizá por carencias propias o porque la ciudad con la que giran lo impide, extraviada e incapaz de hallar su propio sueño.

Aunque temo que Caracas es hoy una de esas ciudades que giran distantes y desorientadas, también puede decirse eso de que lo mejor de ella hoy es lo mal que está: existe un casi total consenso sobre lo crítico de su estado y, aunque sus peores taras no son de tan vieja data, sus efectos ya son evidentes. Pero si dejamos que esos vicios hagan metástasis sobre lo aún relativamente sano, la ventaja puede desvanecerse hasta ceder a la convicción de la imposibilidad.

Quizá el desafío al que se refiere el título de esta sesión sea entender y atender que la ciudad es una construcción social de evolución lenta y factores complejos para la que todos esperamos soluciones rápidas y sencillas. ¡Y vaya si es difícil ese desafío!

Difícil entender el tiempo de lo urbano para autoridades inmediatistas, que desconocen (no por no saberlo sino porque prefieren ignorarlo…) que lo verdaderamente trascendente entre todo lo que emprendan excederá su gestión, y sucumben a la tentación del pañito caliente, la inauguración express y, eso sí, mucha foto y besitos a vecinos; y para éstos, quienes muchas veces sólo ven amenazas en las oportunidades y someten lo importante a la miope piquiña de lo urgente; también para opinadores con Complejo de Adán (urgencia de andar siempre inventando el mundo y sus cosas) y para quienes sufren el Síndrome de Funes (pulsión extrema a recordarlo y preservarlo todo lo que, como al personaje de Borges, los vuelve incapaces de pensar), ambos ignorantes de que en la vida hay suturas y rupturas, permanencias y ausencias y que nada es tan falso como la verdad absoluta; en los arquitectos induce la “proyectación precoz”, frustrante para todos, y en los planificadores el dilatado “lo estamos evaluando”, por lo que casi siempre, en vez de integrarnos desconfiamos unos de otros, y todos de ambos… Pero ninguna más paralizante que la tragedia de resignarnos al “esto no tiene remedio”, como si la ciudad que tenemos hubiera salido de la nada y sin nadie, y ahora sólo nos queda seguir pagando esta condena, lo menos mal y más de lejitos posible...

También difícil entender y atender la complejidad de lo urbano para políticos que, como teledirigidos por la encuestitis, prefieren no complicarse y optan por consignas simples y pegajosas; la Academia, que con derecho reclama su papel en la formulación de planes, más bien se solaza en la complejidad y llama Thalurania furcata al Tucusito, como para inflar sus informes con esteroides intelectualosos o, me temo, para evitar llamar las cosas por su nombre e incomodar a quien, nunca se sabe, más adelante pudiera solicitar otro estudio; también eluden la complejidad los funcionarios que, tras apenas 40 años de retraso, siguen sin revisar las ordenanzas e igualando, por ejemplo, sectores tan distintos como Alta Vista, San Bernardino o Chuao en el simplismo del mismo R-3 para todos, desconociendo (con pleno conocimiento) temas más álgidos pero también más estimulantes como morfología, carácter o densidad; como individuos, preferimos descalificar como muy bonito pero utópico (o sea, paja), todo lo que sea más complejo que arreglar un bote de agua o arreglar un semáforo y, hay que decirlo, con frecuente ayuda de colegas prestos a la zancadilla disciplinar para enredar el argumento más transparente con verbo y carita de salvador de la patria…

Mientras sigamos girando en este laberinto de desconocimientos, pereza, recelos y celadas, será difícil, si no imposible, asumir el desafío de acercarnos para imaginar una apuesta de futuro que nos junte en el sueño de construir la ciudad.

Quizá lo políticamente correcto hubiera sido decir re-construir la ciudad, pues nadie piensa comenzar de cero. Pero plantearse la posibilidad de plantear un sistema de estrategias para esta ciudad que se expandió cuantitativamente sin crecer cualitativamente, adoptando modelos sin adaptarlos, entre el azar y la avaricia, contradiciendo su geografía, desconociendo a más de la mitad de sus ciudadanos, y tan desacostumbrada a pensarse y evaluarse, tiene dimensiones casi fundacionales.

Por la naturaleza dinámica, multifactorial, interrelacionada e interactiva de la ciudad, ningún proyecto urbano puede reducirse a una estrategia, sino que debe articular varias, de distinto alcance, ámbito y actores, en un sistema de estrategias que, como tan claramente explicaba el martes 20 de julio Carmenza Saldías, incorpore mecanismos eficaces para, en cada aspecto pero sin ignorar su interdependencia, diagnosticar problemas, identificar riesgos y ordenar instrumentos que permitan alinear acciones fundamentadamente y rectificar direcciones oportunamente.

Es esencial para esto que el sistema de estrategias incorpore, con un inteligente y tolerante, pero también exigente, ejercicio de la autoridad como docencia ciudadana, la mayor cantidad y mejor calidad de actores y factores para que esa apuesta de futuro se asuma apropiada y, por tanto, se defienda como propia, más allá de circunstancias, vicisitudes o gestiones distintas. Para ello, las estrategias, necesariamente comprehensivas y, por tanto, potencialmente complejas, deben formularse con claridad que permita comprenderlas y, como serán también necesariamente PROGRESIVAS y, por tanto, potencialmente lentas, adelantar, sin premura pero a tiempo, acciones que demuestren la calidad del plan y preserven el ánimo.

Tal es el desafío para la construcción de la ciudad: asumir la complejidad urbana sin enredos ni simplismos y su tiempo sin dilación ni arrebatos.

Como es de lo que ignoro un poquito menos, y para conversar, me atrevo a exponer, como mero ejemplo, algunas ideas sobre un sistema de estrategias sobre espacios públicos compuesto por cuatro categorías que, como las de todos los otros sistemas de estrategias, deben entrelazar acciones complementarias aunque diversas, de complejidad diferente y en tiempos distintos:

· El territorio que incluye lo geográfico pero se manifiesta como fenómenoperceptual, pues si, hasta no hace mucho, entendíamos el territorio caraqueño como el Valle de San Francisco, hoy, funcional, operativa e infraestructuralmente abarca, al menos, hasta Guatire, Los Teques, Ocumare y el Litoral, por lo que es estratégicamente fundamental definir el carácter, condiciones y extensión del territorio del que participa Caracas y el papel que en él debe cumplir esta ciudad.

· Los ámbitos porciones urbanizadas del territorio que, como las parroquias de la vieja ciudad, tienen tamaño, identidad, interrelación y forma discernible y conforman vecindarios vivencialmente significativos más allá de la simple adyacencia de parcelas, por lo que es estratégicamente fundamental que muchas de nuestras urbanizaciones asuman la decisión de construirse como ámbito, con capacidad para activar su propia identidad sin enconcharse como ghettos.

· Los espacios secciones del ámbito compartidas por todos para interactuar, vincularse y garantizar plena accesibilidad a las oportunidades de la ciudad, que incluye moverse pero también sentarse en un banco o pararse bajo un árbol, disfrutando la cotidianidad como parte de ella, por lo que es estratégicamente fundamental tomar lo que hoy son meras vías, restos y vacíos (está de moda llamarlos intersticios) para constituir y construir espacio;

y

· Los lugares enclaves, plazas, parques o esquinas que, con carácter protagónico o silencioso, dan a espacios y ámbitos su carácter, como boyas que marcan y demarcan el mapa urbano y permiten anclar recuerdos, acariciar deseos y retomar esperanzas, ausentes en este amasijo de edificaciones y carteles que abruman sin conmover, por lo que es estratégicamente fundamental construir, reconstruir, rescatar y cualificar los lugares.

Con alcance y significado muy distintos, lo territorial y el lugar son construcciones de la percepción, por lo que su definición puede variar en el tiempo, según las circunstancias de su propia operación.

Mientras la estructuración del territorio exige conciliar muchos intereses mediante un liderazgo claro, inclusivo y estimulante capaz de sumar y negociar temas abstractos y concretos (creo que, precisamente, todo lo que ha sufrido la Alcaldía Metropolitana demuestra la necesidad de instancias de gobierno con ese nivel de competencia y, posiblemente, sobre circunscripciones más extensas y diversas), el lugar es una experiencia más íntima, casi particular y por eso frágil o hasta efímera, de nivel más local aunque no pocas veces, relevancia metropolitana.

Los ámbitos y los espacios, sin embargo, son categorías más fácticas y físicas y, por eso, referidas a componentes no menos conceptuales pero sí más tangibles y hasta cuantificables.

Si el ámbito no puede abarcarse peatonalmente o su población se dispersa o se hacina, su pertinencia e identidad se desdibujan; cuando se preserva su escala, sus signos son legibles, sus componentes se articulan apropiadamente y las interrelaciones estimulan el sentido de pertenencia, opera como eficaz instrumento de construcción de ciudadanía. Si el espacio no es física, funcional ni formalmente discernible y las fricciones minan su seguridad y vitalidad, se hace hostil; si su estructura es clara y las interfases entre público y privado fluidas pero precisas, un pequeño callejón puede ser un evento tan memorable como un eje monumental e inspirar igual admiración y orgullo.

Aunque, como en la Plaza Cubierta de la Ciudad Universitaria, no es sencillo trazar las fronteras entre una categoría y otra, la entidad e identidad de cada una son tan claras como la multiplicidad de interrelaciones que corresponde intensificar y cualificar para ensamblar un sistema de estrategias que construya ciudad sin rehuir el desafío de imaginarse distinta.

En éste, como en todos los sistemas de estrategias, habrá presencias y tendencias que reforzar para vigorizarlas, pero también otras que enfrentar hasta desmontarlas. Desde luego, todos preferimos evitar una cirugía, pero no todo se cura con merthiolate y curitas. Para eso, es fundamental la decisión del liderazgo y su encanto para entusiasmar, como la sensata audacia de los técnicos para ser consistentemente innovadores y, quizá sobre todo, la comprensión de todos de que si queremos que las cosas cambien tenemos que comenzar cambiando nosotros, superando nuestros prejuicios y sabiendo que en todo sistema, las interrelaciones son múltiples y a veces impredecibles, lo que acarrea riesgos que sólo sesuperan si no superamos el lloriqueo y la quejadera; y que, como toda construcción humana, los errores son probables y arduos los aciertos, lo que exige ser tolerantemente vigilantes y tan rigurosos al criticar como generosos al reconocer logros.

Así, quizá venzamos el desafío y logremos que, finalmente, la ciudad gire

(…) sobre sí misma y en nosotros,

hasta juntarnos por fin en este sueño.