sábado, 15 de julio de 2017

17

17

Comencé quinto año de bachillerato recién cumplidos diecisiete años

Diecisiete; los mismos pocos, muy pocos años que apenas alcanzaron a cumplir, entre los muchos (uno hubiera sido ya demasiado) manifestantes asesinados, Carlos José, Yelson, Neomar, Fabián, Rubén Darío y, por ahora, Oswaldo; los diecisiete con que mi padre vivió el fin de una guerra civil que le robó su adolescencia; como diecisiete años trabajó la profesora Yanet Angulo como juez en la Federación Venezolana de Canotaje antes de que un disparo la alcanzara en la cabeza en una protesta en El Tocuyo; y los escasos diecisiete de la Constitución que quieren derogar quienes creyeron haberla escrito a su medida pero ahora descubren que le quedó estrecha a sus notablemente engordadas ambiciones…

Comenzando, pues, quinto año y estrenando los diecisiete, dirigí con dos compañeros de curso una aventura editorial que nos llevó a lugares que ni conocíamos ni esperábamos y nos descubrió realidades que no podíamos sospechar cuando, un poco jugando a poetas y otro poco inaugurando rebeldía (“no sabíamos más, teníamos -poco más de- quince años”, decía la letra de una canción frecuentemente escuchada), decidimos escribir y publicar sobre cosas que veíamos y casos que vivíamos, sospechábamos inmorales y, por ello, creímos necesario denunciar

Así nació lo que llamamos “Kloacqa C.S.I.” y que apenas alcanzó tres ediciones

Contar la historia de todo aquello sería innecesariamente largo, impertinente para el momento y hasta una intrusión en la vida de algunos con quienes la compartí

Baste decir que desde la primera edición de aquel pasquín, distribuido pocos días antes de las vacaciones de navidad, nuestra aventura perturbó la paz idílica de un reputado colegio de Caracas en momentos en que, durante el primer gobierno de Caldera, se intentaba el proceso de “pacificación” destinado a incorporar a la “normalidad democrática” a los sobrevivientes de la guerrilla derrotada; paz, sin embargo, como sin conocimiento intuíamos e iríamos confirmando, construida sobre un entramado de mentiras calladas (todos conocían la verdad), complicidades escondidas (cada quien sacaba algún beneficio de su silencio) y perversiones extendidas (al amparo de una pretensión de moralidad que toleraba y llegaba a alentar violaciones de todo tipo). Paz, pues, que no era tal sino más bien una languideciente ilusión entre complacientes elusiones…

La navidad diluyó el impacto de ese primer número; o al menos así creímos

Cuando desde la autoridad del colegio nos propusieron la colaboración de un cura “chévere” para ayudarnos a corregir temas de redacción y ortografía, no sospechamos que nos imponían un censor; ni siquiera cuando, ya con el segundo número listo para imprenta, nos “sugirió” eliminar uno de los textos. Lo aceptamos para no dilatar más la publicación de esa edición y, con total ingenuidad, en esa página ahora obligada al vacío escribimos “aquí iba un artículo que borró un esbirro”; sin saber, lo juro, lo que significaba “esbirro” sino que sonaba insolente y sugería una atmósfera de novela policial

La frase fue la excusa que prendió una vertiginosa secuencia de hechos que aún hoy me sorprenden y más al percatarme de la brevedad en que ocurrieron

Nos suspendieron a los tres editores por una semana (hubiera sido difícil argumentar la expulsión definitiva de estudiantes de expedientes académicos impecables sin que la represalia resultara tan obvia como excesiva) y la decisión nos fue comunicada en una muy incómoda comparecencia de los tres, cada uno por separado, ante el rector del colegio. El interrogatorio a que nos sometió, con matices en cada “encuentro”, resultó para todos una experiencia humillante y nuestro primer encuentro con la inquisición. Y hoy, cuarenta y siete años después, sí sé lo que significan esta y la otra palabra…

A la salida de aquel regaño/interrogatorio/amonestación nos encontramos los tres, desconcertados y con la difícil tarea de comunicarle a nuestros padres el resultado de nuestra aventura y quedamos en mantenernos en contacto durante esa semana de asueto forzado

En esos días pasaron cosas que ninguno de nosotros anticipaba ni tenía la experiencia para manejar ni la suspicacia para descifrar

Recibimos una llamada tan extraña, citándonos a un lugar tan misterioso que hacía imposible rechazarla, aunque sólo dos de nosotros aceptamos asistir a la cita. Era para hacernos una entrevista en alguna de las revistas entre psicodélicas y subversivas de la época; en los liceos oficiales se manifestaba el “Poder Joven” (con el que nunca tuvimos contacto) y pensaban, asumo, que nuestra aventura representaba una penetración de ese movimiento en el epicentro educativo de la burguesía

Afortunadamente, quizá terminamos resultándoles demasiado sifrinos y esa entrevista (mal hecha y peor contestada) nunca se publicó

Pero sí un panfleto “secreto” que llegaba libremente a muchos (llamado, si no recuerdo mal, “Norte y Sur” y que se decía provenía de la CIA o el FBI, ¿ya qué más da?) que “denunciaba” explícita e irrefutablemente el financiamiento castro-soviético que estarían recibiendo esas células de penetración (o sea, nosotros…). Supimos de varias reuniones de padres y representantes que, contra esos “díscolos y sin duda drogadictos chicuelos” (es decir, otra vez nosotros…) exigían “justicia” con poco interés en ocultar los deseos de ajusticiamiento que suelen yacer tras esta palabra. También de varias llamadas de personeros del gobierno, padres de compañeros de estudios, “profundamente preocupados” por la evidente falta de control de las autoridades sobre lo que acontecía en el colegio en la y que ellos no permitirían vinieran a dinamitar unos carajitos (nosotros, claro) y, menos, desde el centro mismo de la dignidad moral e ideológica de la patria donde, por cierto, muchos de ellos habían estudiado. Una revista de chismes de farándula local que sustituía en mi casa, con menos costo, la necesidad de cotilleo del “HOLA” dedicó su editorial a ese “horror” y concluía afirmando que los enfermos autores de esos textos (nosotros, de nuevo…) sólo aspiraban, en su desequilibrio, “a arrastrar las cabezas sangrientas de sus padres por las calles del Country o La Castellana”; bastante lejos, por cierto, de la modesta sección al norte de Montecristo donde vivía con mis padres, pero una imagen que descompuso en llanto y desolación a mi madre. Otra llamada, aún más misteriosa, nos citó a un lugar en el que nunca habíamos estado y casi ni sabíamos donde estaba a unas horas de la noche que la hacían aún más irresistible; cuando llegamos al edificio, hediondo a fritangas y basura, nos pasaron de uno a otro apartamento, subimos y bajamos pisos, prendieron y apagaron luces, hasta que del fondo de un pasillo oscuro salió un personaje pequeño, con lentes de sol en medio de aquella casi total ausencia de luz, que nos habló de su reciente pasado guerrillero, de la decisión del grupo al que pertenecía de integrarse a la normalidad política pero sin traicionar sus convicciones y de la conveniencia de “incorporar voces jóvenes al movimiento para conectarse con esos grupos emergentes y ganarlos a la causa”, por lo que estarían dispuestos a secundar nuestros esfuerzos aunque, claro, no con dinero, pues el movimiento apenas empezaba, los escasos fondos debían cubrir los costos legales de compañeros aún encarcelados pero, quitando lo económico, estaban dispuestos, deseosos, ávidos de apoyarnos

Al expulsarnos por esos siete días quizá los curas buscaban sacarnos de escena mientras controlaban daños al interior y exterior del colegio y es probable que también hayan pensado que esos días de castigo nos harían reflexionar, por miedo o por reprimendas en nuestras casas; si tales fueron las intenciones, hoy veo que ninguna les funcionó. Los tiempos cambiaban y resistirse a entender, atender y manejar lo que con ignorante intuición denunciábamos (tan cierto que había disparado tantos y tan poderosos resortes) pronto se comprobaría inútil y hasta tonto; y a nosotros esa avalancha de eventos en que nos envolvió una notoriedad no buscada ni entendida no sólo diluyó cualquier atisbo de vergüenza o arrepentimiento sino que nos pareció confirmaba nuestro logro: ¡no habíamos estado en Woodstock pero habíamos conmocionado el sistema desde uno de sus colegios emblemáticos! 

No tardé mucho, sin embargo, en darme cuenta que todos estábamos errados

Erramos nosotros al pensar que hacer lo que considerábamos justo y decirlo nos convertía en héroes predestinados por la historia a cambiarla al solo impulso de nuestra voluntad; erraron las autoridades (del colegio y nacionales) al desatar una barrida represiva pensando que la basura puede esconderse bajo la alfombra del silencio por miedo; erró la élite nacional, representada por aquellos indignados padres, al señalar culpables antes de examinar sus propias culpas; erró el liderazgo político, el establecido y el emergente, al menospreciar unos el valor de una reacción espontánea e insistir en ver conspiraciones detrás de actos ingenuos pero sinceros y pensar los otros que los proyectos políticos se ensamblan arrimando afinidades aparentes sin comprobar ni compartir la realidad y profundidad de convicciones y motivaciones; erraron los “analistas internacionales” al aplicar sus etiquetas pavlovianas sin siquiera tratar de entender qué pasaba y por qué o, pienso hoy, para evitar que otros entiendan lo que ellos saben y prefieren desconocer para que no se conozca; y erraron los medios al buscar llenar páginas con asunciones oportunistas, alarmistas, simplistas y sencillamente huecas

Erramos, pues, todos al no entender que los instantes son importantes y hasta determinantes pero nunca concluyentes; al confundir coyunturas con metas; y al considerar logros finales y compartidos lo que eran sólo fases de proyectos que coincidieron en un momento para luego irse desarrollando por separado; como debe ser, por cierto, para que la diversidad se imponga sobre cualquier forma de uniformidad y logre ensamblar a partir de la no siempre calma discusión de lo que pensamos unos y otros ese nos-otros que, porque se niega a vernos como idénticos, construye la verdadera identidad. Errores de entonces que, tristemente, uno ve repetirse tanto que a veces piensa si serán mañas atávicas pero se empeña en alertar sobre ellas y los riesgos de insistir en irreales lecturas de la realidad que alimentan realidades paralelas y la peor forma de ignorancia posible: insistir en ignorar lo evidente

Aquel año ciertamente me marcó pero no lo evoco con la tierna añoranza de la canción de Violeta Parra que tantas veces, entonces y después, me ha emocionado en diferentes versiones y he intentado con mis escaso talento vocal...


Pues no quiero “volver a los diecisiete”

Viví aquella edad (como las que tuve antes, las muchas que he tenido después e intentaré vivir las, espero muchas, que me resten) con la intensidad que pude y supe hacerlo y hoy quiero mirarla sin el pantano de la nostalgias y el peso de sus fardos. No uso espejos retrovisores (ni siquiera al manejar, lo confieso) para explicar el presente y, mucho menos, para imaginar lo que deseo, me planteo o espero me sorprenda en el futuro; para vivir con igual intensidad las luces retadoras que me ofrezca y el esfuerzo por sortear las sombras que me atraviese

Reivindico, no obstante, del recuerdo su capacidad de re-cordar: de recuperar para el corazón (éste, actual, latiente) la intensidad actual de lo que, por haberlo vivido, nos constituye sin constreñirnos ni consolarnos sino retándonos con sus alertas y confirmándonos que es tan falso el fatalismo del “ya nada es posible” como el triunfalismo de “ya lo hemos conquistado todo”; que todos son tramas en permanente desarrollo, entreveradas con otras que se nos cruzan y algunas se quedan mientras otras se disipan o apagan. Pues sólo los seres humanos morimos, pero no los procesos ni las sociedades ni los entornos de los que participamos y sobre los que actuamos, que siempre nos sobreviven aunque frecuentemente de modo distinto al que esperábamos: a veces para nuestro agrado y otras para indicarnos que toca seguir remando…


Voy concluyendo estas reflexiones cuando comienza a anochecer la víspera de lo que anticipo será el día de mayor importancia  ciudadana de los que me tocará vivir y, también, a muchos de los pocos que las lean

En el transcurso de esta densa trama que venimos viviendo, de la que participamos y a cuya espesura, por acción u omisión, en varias formas pero todos de algún modo hemos contribuido con algún error y, no pocas veces, insistiendo en ellos, nos alcanza el momento de alterar ese curso en un evento único, verdadera rebelión republicana ante un gobierno que ha asaltado el Estado en perjuicio de la Nación y como integrantes legítimos, sustancia misma de esa Nación, construida por la suma de todos nos-otros

Mañana, 16 de julio, lo que se anticipa será una abrumadora cantidad de ciudadanos expresaremos nuestra opinión en una CONSULTA POPULAR que no sólo implica desconocer el gobierno central (el término que acabo de utilizar ya lo hace, pues ha sido “prohibido” desde el poder) sino, quizá más relevantemente: 
1.- desconocer la institución que, obligada a respetar y hacer respetar nuestro derecho a elegir, nos ha secuestrado ese derecho entre triquiñuelas que retrasan hasta imposibilitar el ejercicio de lo que es legal y apuran e improvisan hasta la procacidad lapsos de lo que no lo es 
2.- ignorar las amenazas ya nada sutiles del amasijo leguleyero que ha liquidado la separación de poderes y hace inútil intentar diferenciar una sentencia de un arrebato, una declaración, otro circunloquio o una falacia más o si viene del TSJ, la Defensoría, CONATEL, un diputado alzado e incapaz o del patuque que conforman y los soporta 
3.- y hacerlo, por primera vez, sin el oprobioso tutelaje militar sobre el más cívico, civil y civilizador de los actos ciudadanos en una República: expresarse democrática, libre, republicanamente

Ninguno de estos desconocimientos es, ya en sí, poca cosa y cada uno de ellos es motivación suficiente para ser parte de este proceso inédito de aún incalculables pero previsibles repercusiones políticas

Pero no volvamos a errar

Nada concluye este domingo 16; ninguna tarea queda hecha ni hay capítulo que cierren unas cuantas horas de euforia por cumplimiento con uno mismo, lo que cree y lo que entendemos es un deber con la República desde el ejercicio pleno de nuestra ciudadanía


En gerundio y en plural, como se estructuran, se desarrollan y operan las tramas existenciales y sociales, la trascendencia de este 16 no está en los adjetivos con los que nos esforcemos en calificarlo sino en lo sustantivo que, en el tiempo, como proceso, entre todos y hacia adelante sepamos ir ensamblando a partir del lunes 17

Pues sí, este lunes, “el primer día del resto de nuestra historia”, será 17-7-17; curiosa pero nada accidental simetría que, contra lo que pudieran pensar posibles incrédulos, representa para mí, a la vez, un augurio y un reto. El número es casi un palíndromo, esas palabras que se leen igual desde el extremo por el que se comience la lectura hasta encontrarse en el centro con un signo que, como un espejo, construye profundidad para reconocer (otro palíndromo…) la sustancial proximidad de extremos que se asumían muy alejados y que al encontrarse en el propósito común de constituir un “significante” con significado amplio y compartido, se concilian para seguir hacia adelante; sin renunciar a sus diferencias pero venciendo las distancias para construir encuentros

Ésa será, creo, la tarea más importante y sin duda la más difícil cuando, superado con éxito el 16, aceptemos el desafío de identificar y articular lo que somos (otro palíndromo…) aprendiendo a rever que siempre que conversamos dos es con el objetivo de hallar modos de ser tres y que, como las preguntas del domingo, en tiempos de negación, exclusión y represión nada es más subversivo que afirmar(se) y más si resuena en el eco de la repetición: SI, Si y SI

Dentro de cuatro años cuadriplicaré los diecisiete que tenía cuando sucedieron los hechos relatados. Quizá entonces pueda mirar los de la actualidad con una distancia crítica que hoy me es obviamente imposible, Espero entonces encontrar menos errores sin evadir los que toque asumir

Y, sobre todo, espero que estos últimos diecisiete años nos hayan enseñado a aprender todo lo que nos falta por admitir, procesar, metabolizar, articular e imaginar en los muchos que nos quedan como Nación y, ojalá, a quienes con tanta paciencia me han acompañado hasta estas líneas con las que cierro ya esta nota

A eso apuesto

¡SÍ! ¡SÍ! Y ¡SÍ!





P.S. El día de mi graduación de bachiller, pocos meses después de los incidentes al inicio de esta nota y un mes antes de cumplir dieciocho, busqué al Rector del colegio, el mismo que me había expulsado de su oficina al tiempo que me anunciaba la sanción que me suspendía por “al menos” una semana, para saludarlo con afecto nada impostado. En aquel momento (la juventud es siempre irreverente y hasta arrogante) lo consideré un triunfo, casi una lección que este zagaletón le propinaba (ése sería el término) a aquel cura reaccionario sobre tolerancia. Hoy entiendo que, sin saberlo entonces, la misma intuición que me había hecho cometer imprudencias antes me había llevado a un gran acierto: los rencores guardados terminan corroyéndonos y mirar a quien piensa distinto como enemigo nos somete a la prisión de nuestras miserias. 
Al menos eso espero aprendí de mi tránsito a través de los diecisiete…

7 comentarios:

  1. Tampoco quisiera "volver a los diecisiete" Me encantó! Saludos!

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  2. Enrique, no entendí cuales fueron los errores a los 17. Lo diferente fue un manojo valiente de sinceridad y transparencia en contra de la imposición autoritaria y cerrada de las autoridades. Muy parecido a lo estamos viviendo hoy. Así mismo esta gesta es más bien una réplica de la que vivimos a los 17. Fuimos así de valientes, directos e irreverentes en contra de una manera de pensar y vivir.Hoy, un dragón mayor criminal se están robando la esperanza de un país completo. Ojalá pudiéramos seguir siendo tan intuitivos y arrojados como a los 17. Ninguno de nosotros hemos perdido nada de aquelloa experiencia de imberbes que sin miedo a nadie ni siquiera a nuestros padres luchamos por lo que pensábamos y sentíamos y esa era por una Venezuela más justa, llena de esperanzas y libertad. Creo que esos 17 estuvieron llenos de virtudes y heroísmo por la libertad de expresión y por una Venezuela llena de posibilidades.

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    1. «Erramos nosotros al pensar que hacer lo que considerábamos justo y decirlo nos convertía en héroes predestinados por la historia a cambiarla al solo impulso de nuestra voluntad

      (...)

      Erramos, pues, todos al no entender que los instantes son importantes y hasta determinantes pero nunca concluyentes; al confundir coyunturas con metas; y al considerar logros finales y compartidos lo que eran sólo fases de proyectos que coincidieron en un momento para luego irse desarrollando por separado; como debe ser, por cierto, para que la diversidad se imponga sobre cualquier forma de uniformidad y ensamble a partir de la no siempre calma discusión de lo que pensamos unos y otros ese nos-otros que, porque no nos ve como idénticos, construye la verdadera identidad.

      Errores de entonces que, tristemente, uno ve repetirse tanto que a veces piensa si serán mañas atávicas pero se empeña alertar sobre ellas y los riesgos de insistir en irreales lecturas de la realidad que alimentan realidades paralelas y la peor forma de ignorancia posible: insistir en ignorar lo evidente»

      No me arrepentí entonces ni me arrepiento ahora de lo hecho; por eso, ni ahora ni entonces pido disculpas. Pero sí creo que erramos en la interpretación de lo que hacíamos, considerándolo algo heroico, terminal, definitorio; sin entender que era parte (ciertamente importante) de nuestra propia historia y un aporte (no inocuo) a la de otros, pero un punto de inflexión definitivo

      Porque veo paralelismos entre nuestros 17 y los de quienes hoy los tienen o andan por ahí (confieso que llegué a temer que la referencia fuera demasiado obvia; bastante más de lo que, por lo leído, te resultó a ti) escribí este texto

      Y por lo que, desde los errores que reconozco sin arrepentimiento pero, también, sin empecinamiento, lo publico. Además del repaso de historias y afectos personales que siempre es grato aunque escueza un poco...

      Gran abrazo

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  3. Enrique, no entendí cuales fueron los errores a los 17. Lo diferente fue un manojo valiente de sinceridad y transparencia en contra de la imposición autoritaria y cerrada de las autoridades. Muy parecido a lo estamos viviendo hoy. Así mismo esta gesta es más bien una réplica de la que vivimos a los 17. Fuimos así de valientes, directos e irreverentes en contra de una manera de pensar y vivir.Hoy, un dragón mayor criminal se están robando la esperanza de un país completo. Ojalá pudiéramos seguir siendo tan intuitivos y arrojados como a los 17. Ninguno de nosotros hemos perdido nada de aquelloa experiencia de imberbes que sin miedo a nadie ni siquiera a nuestros padres luchamos por lo que pensábamos y sentíamos y esa era por una Venezuela más justa, llena de esperanzas y libertad. Creo que esos 17 estuvieron llenos de virtudes y heroísmo por la libertad de expresión y por una Venezuela llena de posibilidades.

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  4. Hermoso texto, Enrique, elocuente, acertado y , desde mi sentir, romántico.
    Espero que de alguna forma, sea también profético.
    Felicitaciones y gracias por compartirlo.

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  5. Querido Enrique, gracias por elaborar y compartir con nosotros este valioso texto, en el que nos das testimonio de una experiencia vivida por ti, las reflexiones que los hechos actuales suscitan al entrar en tensión con ella y las expectativas que, hace ya una semana, trazaban un hilo más de unión entre el nosotros que somos, en nuestra amistad.

    Curioso que, transcurrida ya una semana, y a una semana en vísperas de lo que se asemeja para mí al borde real de un abismo tan inimaginado hoy como en mis diecisiete, y tan incomprensible como el horror que aturde y nos ahonda, a una semana, digo, de ese abismo que preveo, haya leído tu artículo antes de otro, de José Adolfo Peña, en Entre Rayas, sobre el terremoto de Caracas en 1967.

    ¿Sabremos vivir lo que se nos avecina?

    Con un grande y fraternal abrazo, como siempre, entre nosotros; de nuevo, gracias.

    h.

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    1. Toca saberlo, caro Hernán...; y sé que sabremos. No sé cómo ni cuándo, pero sabremos, como lo hemos sabido...

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