jueves, 1 de agosto de 2013


SUGERENCIAS PARA 
RE-VISITAR 
FOTOS DE CARACAS
SIN MORIR EN EL INTENTO

Con motivo de un nuevo aniversario de Caracas y como homenaje a Wiliam Niño, la “Cátedra de Imágenes Urbanas” organizó el pasado 25 de julio el encuentro TRES ÁLBUMES DE CARACAS.  La idea era, como quien visita a un amigo y curiosea sus álbumes familiares, ver y comentar fotos de Caracas de la colección de William y la de la Fundación para la Cultura Urbana para, a mi entender, ver lo que fuimos y lo que somos para imaginar lo que podemos y debemos ser.
Uno de esos álbumes ha corrido por las redes estos días (desde el link http://prodavinci.com/galeria/?gid=39&gstart=0), casi siempre acompañado de esa cantinela, entre la admiración y el lamento con que, al parecer, insistimos en ver (y simplificar…) lo pasado como testimonio de un paraíso que perdimos para caer, de sopetón y sin más explicación ni responsables que la desgracia del destino, en este presente doloroso que asumimos inescapable. Simplificación que alcanza  a las personas que convertimos en personajes lejanos de sí mismos y su propia vitalidad; tanto como nos aleja de la ciudad esa sobredosis de nostalgia escapista...
No comparto esta asunción y en ese sentido escribí la nota que leí en ese encuentro y aquí reproduzco. Entonces, para  recordar al amigo y nuestra ciudad con la justicia crítica que creo necesaria y ahora para alertar sobre el regodeo en una nostalgia paralizante que puede dejarnos varados y, peor aún, resignados a lo malo como ajeno e inevitable. 



Aire      
fotomontaje digital de Vilma Obadía Benatar    

No soy fanático de eventos aislados sin programas sostenidos; preferiría salir a mirar la ciudad que estar en un salón admirando fotos; y temo que, como hacemos con Caracas, estereotipemos la admiración hacia William para evadir la comprensión de ambos.
Pero la fecha vale. Particularmente este año, cuando se manipula para seguir mitificando a uno de los gobernantes que más vejó a esta ciudad; creo que porque le tenía un miedo inmenso. Por eso celebro compartir con ustedes y, disculpen la sinceridad, imágenes mediante, con William, con quien llevo ya casi tres años sin hablar; ni pelear, que era muy divertido…

Cuando murió, escribí para el Papel Literario de "El Nacional", un texto que, para convocar a su querido Oswaldo Trejo, titulé "Un hombre que fue ciudad".
Como Caracas, William era contradictorio, impredecible, múltiple; tan despierto como frecuentemente disperso. Mucho de su obra nació de azares que, inteligentemente, reconocía al ir conversando y, casi de repente, de tema asomaba una idea que sugería un evento, exposición, libro o combinaciones como proyecto. En ese reducto del lloriqueo que es a veces Facebook, alguien lo citaba recientemente diciendo que ya Caracas está terminada; que basta con limpiarla, mantenerla y listo. Fui testigo de la fuerte discusión entre William y Vilma Obadía sobre esa afirmación y del cambio de aquella posición conservadora hacia otra que, casi frenéticamente, veía posibilidades de reformulación en cada esquina. Y es que citarlo sin fecha ni contexto traiciona a quien, como Caracas, evolucionaba continua, intensa y casi paradójicamente. Pasa con quienes son ciudades: sólo se mantienen realmente vivos cuando aprenden a oportunamente morir un poco la ciudad y la gente…
Quien haya estado en su casa sabe que William no era amigo de reduccionismos; por eso no le va enjaularlo en cualquiera de sus muchas frases contundentes. Más que un hombre con ideas SOBRE la ciudad, William era un acucioso observador que pensaba haciendo EN, DURANTE Y CON su caraqueñidad cotidiana, entreverando oralidad, visualidad, registro e intuición y compartiéndolos generosamente. Su gran legado es el de un curador urbano que observando, calificando, relacionando, mostró lo que creíamos haber visto ya de forma inusitada, reveladora y muchas veces hasta exagerada.
Y Caracas necesita curadores. Tanto que sepan clasificarla para clarificarla como que se atrevan a curarla sea cuando basta una curita o cuando hace falta bisturí, criticándola a veces duramente y otras acariciándola devotamente, tan vigilantemente inclusivos como incluyentemente incisivos. Tampoco a Caracas le van las jaulas; estos álbumes me interesan sobre todo por las contradicciones que, William, gran provocador, propone al combinar la prístina vitalidad de Caula, Gasparini, Matiz y otros con la crudeza cenital de Nicola Rocco.
Hoy, más que lo hecho o haciéndose, celebro la posibilidad de vernos y atrevernos a acometer lo mucho por hacer. Vigilantemente amorosos y afablemente quisquillosos, como William y su mirada alerta; frecuentemente desconcertante, como nuestra Caracas, de cuya consolidación civil depende su pertinencia cívica.
Y no hay día más cívico y ciudadano que el de la ciudad ni ciudadanía sin entender que sólo cuando exige futuro el pasado logra hacer y ser ciudad. Los héroes civiles que lo saben y hacen garantizan que ella viva atravesando calendarios.
Lo otro es sólo acumular años. 
Y, como creo diría William, “¡qué faaastidio…!

lunes, 29 de julio de 2013


s  a  c  a  r     a    C  A  R  A  C  A  S
Publicado en la edición de fin de semana del periodico TalCual del 27 y 28 de julio de 2013       
      
SaCaRaCaRaCaS             
Fotomontaje digital, Enrique Larrañaga, 2013



Con la casi religiosa asiduidad con que se celebran los cumpleaños de una abuela ya senil que sonríe ausente aunque no entiende tanto festejo y entre varios que no esperábamos ver y quizá ni querían venir, cada año, por estas fechas, celebramos el aniversario de nuestra ciudad, como si sacar a Caracas de paseo nos eximiera el resto del año. Por unos días le prodigamos loas con algo de nostalgia, mucho de retórica y poco del amor real que da porque exige y exige porque da.
Quizá la fiesta sea, como canta Serrat, olvidar al menos por una noche, una semana o un mes, que “cada uno es cada cual” y simular intensidades que rompan la rutina cotidiana. Pero este ardid que convierte por igual a funcionarios, opinadores y ciudadanos en sacerdotes del exceso verbal y la escasez funcional luce cada vez más efectista y menos efectivo. Pura bulla, pues…
Y no es que durante el resto del año la ciudad se abandone del todo. A pesar de una estructura político-territorial caduca y desigual, imprecisas competencias que se usurpan y renuencia a colaborar entre entidades sólo separadas por fronteras que diluye la cotidianidad, los alcaldes, metropolitano y municipales, van haciendo cosas, aunque algunas no se entiendan y uno a veces hasta se pregunte dónde están.
Es también justo decir que en estos años los municipios identificados con las mayores urgencias de la ciudad, Libertador y Sucre, han adelantado intervenciones urbanas notables, asistido (casi a veces relevado) por la colosal muleta de PDVSA el primero y el segundo supliendo sus precarios fondos con asociaciones estratégicas. El Plan Catia y el ordenamiento de la redoma de Petare, el programa “Espacios Sucre” y los parques en Libertador, la recuperación del casco central y el de Petare, por ejemplo, demuestran que también la belleza y el orden son derechos ciudadanos y que para sacar a Caracas del desbarrancadero por el que se nos está yendo hay que tratarla y mantenerla con la amabilidad que le exigimos y ahora vitalizarla desde sus nuevos o rehabilitados teatros para impulsar una vida urbana más intensa y plena. Como, con sus peculiaridades, tocaría también hacer con tantos otros enclaves en la ciudad y que, si dejamos de verlos con el derrotismo masoquista que califica todo de caos, notaríamos que ofrecen una diversidad que es quizá nuestra mayor riqueza.
Nuestra geografía y las circunstancias de su ocupación hacen de Caracas un collage de situaciones disímiles, cada una de notable coherencia e identidad. Como arqueólogos pacientes y amorosos, toca ahora sacar a Caracas de la perversión de instrumentos legales ajenos y caducos y atrevernos a “recordar nuestro futuro”, es decir, a asimilar herencias y tesituras como un estímulo a la imaginación y no otro catálogo de imágenes, sin atarnos a ellas con el conservadurismo castrador que late detrás de mucho llamado conservacionista. Aunque duele, se evita y no se desea, aceptar que la muerte es parte de la vida es signo de madurez y sólo así se metabolizan y persisten las tradiciones, entre variaciones que, a veces sin notarlo, traen el tiempo y el azar. Y para muestra baste una hallaca o una Movida Acústica Urbana…
Afectiva y efectivamente, iniciativas ciudadanas como “Ser Urbano”, “Masa Crítica”, “Caracas a pie”, “Bicimamis”, “Una Sampablera por Caracas” y otras, consiguen sacar a Caracas a la escena pública. Quizá por la espontaneidad de su dinámica, sus acciones a veces envían mensajes ambiguos que alguna prensa trivializa, como el pacato estupor por la desnudez de ciclistas denunciando su indefensión en el tráfico o la mirada festivalera a serios reclamos a favor del peatón. Ligereza similar a la que, convertida en pasividad, nos hace aceptar las manipulaciones proselitistas en la acción cultural de Tiuna El Fuerte o el aislamiento físico y social de enclaves cívicos como Los Galpones, Trasnocho o Los Secaderos, formas distintas pero iguales de desvirtuar y alienar mensajes y actores de las que también toca sacar a Caracas para construir ciudad y constituir civilidad a través del libre ejercicio ciudadano de todas las oportunidades y manifestaciones. Más inclusivos pero aún limitados a eventos puntuales, los “por el medio de la calle” en Chacao, Los Palos Grandes o El Hatillo y las “rutas nocturnas” en los museos y Plaza Bolívar denotan la sed ciudadana de encontrarse a disfrutar lo urbano sin barreras para sacar a Caracas del desaliento.
Y es que Sacar a Caracas debe significar, si no primero al menos a la vez, retar la segregación física, simbólica y temporal de lo que puede y debe congregarla. Quizá ésta es la misión más ardua pues estas fracturas se expresan en la ciudad pero no le pertenecen: se las imponemos nosotros mientras seguimos quejándonos y buscando culpables de miserias sobre las que nunca admitimos responsabilidad.
En este y otros sentidos, sacar a Caracas de este pantanal exige meter lo urbano en la agenda política y meter la política en el debate urbano, con liderazgos claros y ciudadanía más informada, mejor formada y menos prejuiciada. Política sin politiquería constreñida a lo electoral como rehén de encuestas y a lo partidista como arqueo de cuotas, sino vivida como “polis y ética”; liderazgos con capacidad de conciliación pero también convicción más allá de la próxima votación; y ciudadanía que con coraje supere lo reactivo (y hasta reaccionario) para asumir riesgos y cumplir deberes mientras reclama derechos.
Es decir, civilidad plena ejercida con consciente respeto y exigente madurez para, entre ciudadanos libres de esta resignación a la imposibilidad que nos paraliza y liderazgos incluyentes mas no complacientes, articular políticas que sepan sacar cara por Caracas para desmontar la inseguridad y la violencia, alimentados también y en el más vicioso de los círculos por nuestra propia y compartida pasividad y ausencia.
Está demostrado que la calle más peligrosa es la más solitaria y oscura y que lo urbano es esencialmente cívico y civil. No es militarizando la ciudad para escrutarnos a todos por “porte ilícito de cara sospechosa” que venceremos el miedo y la violencia, sino recuperando la calle como espacio de encuentro, sin darle la espalda ni nosotros ni nuestros edificios, sino tejiendo con y en ella la trama de una cotidianidad articulada en ciudad como ámbito e invitación y, sí, con los riesgos que ello implica; no mayores, por cierto, a los de toparnos con un conductor ebrio o un vivo comiéndose la flecha.
Calles profusamente iluminadas, con comercios y servicios abiertos hasta tarde en la noche, a los que no sólo no se multe sino se recompense cuando sus vitrinas complementen el alumbrado sobre las aceras para animar los paseos nocturnos y con transporte público seguro y decente las 24 horas. Todo elloen espacios respetuosos que, en toda la ciudad,  incentiven un respeto equivalente, como aquel casi mítico “efecto Metro”, aboliendo de una vez y para siempre la trillada distinción entre “formal e informal” que alimenta esta esquizofrenia urbana que nos tiene quebrados.
Aunque supuestamente antagónicos, gobierno y sector privado siguen la misma “lógica” demostradamente fallida y contradictoria de pensar que sacar a Caracas de esta crisis integral exige, con una mano y literalmente, vaciarla dispersándola (sea hacia Ciudad Caribia o hacia el sureste) y con la otra especular saturándola (sobre tierra barata atapuzada de metros cuadrados) sin considerar en nada el espacio público. Perversiones todas que asumen la ciudad sólo como operación inmobiliaria de rendimiento súbito (político, económico o, casi siempre, ambos) y no como construcción cultural, cuya complejidad y heterogeneidad es indispensable entender y atender para sacar a Caracas de este laberinto de desencuentros y arbitrariedades y hacia algo que podamos sentir propio porque lo reconocemos apropiado. De eso tratan y eso buscan la ciudadanía y la civilidad, los logros más elevados pero también más frágiles de la humanidad en su largo y accidentado camino hacia la libertad integral y su ejercicio. Y a eso se debe su ámbito natural que es el espacio público, de la escalera a la calle, de la plaza al paseo, del parque grande o pequeño a la acera limpia y lo que cada uno contribuye al arraigo e identidad existencial del ciudadano.
Toca revisar críticamente y sin complejos muchas asunciones que desgarraron ese tejido fundamental, enmendar errores cometidos a su amparo, retomar caminos abandonados por esnobismo o mezquindad y, quizá sobre todo, evitar el simplismo y silencios que aconsejan las encuestas y el dogmatismo de opciones excluyentes. Bien pueden coexistir la llamada “acupuntura urbana” con cirugías de variada intensidad que, sin temeridad ni temor, prevengan metástasis letales, ideas sobre lo que hoy luce imposible con obras de mantenimiento. Y todo con la certeza de que una ciudad, por fortuna, ni se termina nunca ni es jamás la suma simple de sus hechos aislados, sino el incitante entramado de posibilidades y sugerencias que sus múltiples actores hacen y rehacen cada y todos los días. Las ciudades no se hacen solas pero tampoco cambian, para bien o para mal, sin la decisión de hacerlo; y, ya se sabe, eludir decisiones es el peor modo de decidir…
Claro que reconocer (otro palíndromo…) que para sacar a Caracas de esta aridez debemos superar las cárceles mentales, físicas, sociales y legales a que la confinamos, celebrar su multiplicidad y hacer accesible y cercano lo que separamos y alejamos no es fácil ni será posible de sopetón ni sin esfuerzo; lo que sólo lo hace más urgente. No estamos condenados a los ghettos que son, por igual, el barrio sitiado por el hampa y la urbanización cautiva del terror, ni a la seguridad falaz de centros comerciales que como voraces sumideros urbanos anulan el espacio ciudadano de la calle y mucho menos a temer la noche ni rendirnos a rejas y candados.
Pues sacar a Caracas es también su reverso: meternos tanto en ella y metérnosla tan adentro que no nos la podamos sacar sin que en ello se nos vaya buena parte, si no todo, de lo que somos. Eso exige afinar métodos pero sobre todo objetivos; directores y directrices tanto como tino ciudadano para escogerlos, vigilar su trabajo y llevar adelante el nuestro. No es fácil, pero tampoco imposible.
A esa responsabilidad estamos convocados este 8 de diciembre, con particular intensidad ciudadana. De cumplirla cabalmente dependerá que podamos celebrar la fuerza de la esperanza y no sólo el pasar de más años.


Desde la torre    
Serie "La recámara", Ángela Bonadíes, 2012

jueves, 25 de julio de 2013


c a r a c a s  m ú l t i p l e s



En julio de 2002, la Cámara Municipal del Municipio Libertador, controlada por el partido de gobierno y sin consulta previa alguna  (como apunta
 esta reseña de la época,  http://www.eluniversal.com/2002/07/21/ccs_art_21402EE.shtml) acordó cambiar el nombre de la circunscripción al que aún ostenta: "Municipio Bolivariano Libertador".
El 25 de julio de ese año, con motivo del aniversario de la ciudad, WIlliam Niño Araque convocó en la Galería de Arte Nacional lo que llamó la ASAMBLEA DE CARACAS, en la que presenté la versión original de un texto que, con modificaciones muy menores, pues su contenido y reclamos siguen vigentes, presento once años más tarde como mi pequeño regalo a esta ciudad.























Como en una suerte de combo del ensañamiento, las agresiones contra nuestros espacios ciudadanos se esconden con indecente frecuencia tras la charada patria de una iconografía falazmente reverente.
No podemos, sin embargo, acostumbrarnos a lo inaceptable.
Abandonada, hiriente y agredida, persiste ofensiva la dislocación urbana que llamamos “Avenida Bolívar”; diariamente se ignora y deteriora ese testimonio de determinación moderna y entramado urbano que sigue siendo el “Centro Simón Bolívar”; el potencial cívico de La Hoyada como recinto urbano monumental de una ciudad que necesita encontrarse se pierde entre los tarantines desolados del “Mercado Bolivariano”; al rancherío estatuario de la ciudad se le suma un Bolívar empaquetado en un trapo que lo ahoga, al final de la Avenida (faltaría más…) “Libertador”; y se anuncia (y luego se aborta “por motivos patrios”, en ese estira y encoge ya demasiado repetido de la prometología presidencial) la cesión del Palacio de Miraflores a una Universidad seguramente tan quebrada como todas las otras pero “Bolivariana”. Pero aunque quizá ya anegado por el alud de escándalos que nos pisa diariamente, no debe olvidarse que a esta tradición de coartadas ideológicas y trompetillas fundamentalistas pertenece la pueril echonería de los cagatintas que pretenden aguarle el cumpleaños a Caracas imponiendo apellidos y secuestrando símbolos sumando el adjetivo “bolivariano” al nombre del Municipio Libertador.
Más allá del abuso oportunista, la legalidad a los carajazos o el patrioterismo arrebatado, práctica cotidiana del poder, lo que indigna de este insistente intento es su determinismo excluyente, su manipulación de los idearios como fronteras y el confinamiento de la vida y la historia de Caracas, es decir, de la sociedad que hace, nutre y desarrolla este pueblito que se expandió acumulando suburbios y que ahora enfrenta el reto de su metropolitanización, a etiquetas y espejos intencionadamente deformados.
Con y como cada uno de los caraqueños, los que nacimos aquí y los que aquí decidieron vivir, amo, siento, defiendo, ambiciono, aborrezco, necesito, temo, deseo, imagino, actúo y soy, esta Caracas honrosamente bolivariana, es verdad, pero también ancestralmente guaicaipuriana, tropicalmente villanuevana, luminosamente reveroniana, libertariamente rosciana, musicalmente carreñiana, museográficamente arroyiana, fotosensiblemente gaspariniana, gustativamente sumitiana, poéticamente montejiana, delirantemente ramironaviana, cívicamente mirandiana, utópicamente ramironaviana, contagiosamente oscardeleóniana, reflexivamente nuñiana, sensualmente nebrediana, hertzianamente ottoliniana, lacrimosamente deliafiallana, teatralmente gimeniana, gramaticalmente belliana, festivamente galarraguiana, maravilladamente humboldtiana, inclusiva, urbanamente niñoaraquiana, múltiple, toponímica, contradictoria, polifónica, copulativa y en vivaz gerundio permanente que azuza transformaciones mientras hace de la complejidad su fuerza y belleza más profundas, que la garantizna viva y afirman su esperanza, incluso más allá de nuestra pequeñez, ingratitud, incompetencia y avaricia.
Toca nutrir esa diversidad y nutrirnos de ella para superar la exclusión que nos condena a todos (acoquinados unos al final de la escalera y atemorizados otros detrás del Multi-lock) a una reclusión que parecemos aceptar dócilmente y que debemos quebrar para recobrar Caracas. El futuro, que sigue quedando hacia adelante, no como lotería ni arrebato, sino como proyecto que depende de nosotros pues sólo en nosotros existe, exige convocar, incluir, tramar y hasta confrontar la pluralidad de esas muchas caras simultáneas e instaurar el encuentro como ejercicio de multiplicidad, para construirlo con disposición amplia y concurrente, sin atajos demagógicos, fajas dogmáticas o imposiciones excluyentes.
Podrán cambiarle el nombre a Caracas pero no el alma, los símbolos pero no la fuerza, pichirrearle su multiplicidad pero no eliminarla. Afortunadamente, a pesar de los empeños por diluirla y de nuestra torpeza para amarla y armarla, sigue viva porque sigue siendo de y desde todos.
Y porque lo sustantivo de Caracas, esa complejidad y multiplicidad suya, como la del país todo, excederá siempre el esquematismo excluyente de cualquier adjetivo simple, simplista o simplificador.




martes, 27 de noviembre de 2012



Foro sobre TAXI DRIVER (Martin Scorsese, 1976), organizado por http://www.espacio.net.ve el 11 de marzo de 2009 como parte del ciclo CINE+ARQUITECTURA


miércoles, 25 de julio de 2012


Nuevos espacios

Después de la marcha del 11 de abril de 2002 escribí este texto, publicado ese mayo en EL NACIONAL. Tras más de 10 años, lo retomo en el 445 aniversario de Caracas, una ciudad silenciada que no se calla y cuyas calles aún ansían el júbilo de un encuentro franco.


Entre el este y el oeste, abstracciones cartográficas que en Caracas demarcan un mapa de groseras distancias sociales, corren el río y la autopista. En una rutina diaria que asumimos inescapable, el hedor y la contaminación alejan los extremos. El espejismo del desarrollo y la retórica de algún Marinetti lánguido colapsan empachados de recelo, buhoneros y carteles.
Incapaces de unir los márgenes que pudieran explicarlas, estas trazas separan, además, el norte del sur, desgarrando lo que podría unirnos, testimonio de nuestra torpeza para cuidar lo que nos fue dado y estructurar lo que daremos como herencia. Si en otras ciudades el río es espina dorsal, a la que todo concurre y de la que todo surge, estos flujos de excretas y combustiones fracturan con tristeza ausente una ciudad de espaldas, residual, chorreteada de suciedad y olvido.
Por eso, entre las muchas conquistas ciudadanas del 11 de abril, creo que la construcción de ese territorio de encuentro cívico a lo largo de la autopista, ese alborozo de banderas ilusionadas (casi ilusas, nos parece ahora...), ese entretejido de saludos a amigos que creíamos perdidos y que redescubrimos en una otredad propia y apropiada, todos bajo un sol que quemaba sin herir, me luce la evidencia más concreta de los nuevos espacios que requiere el país nuevo.
Por años abandonamos lo público, hasta que de tanto abandono se convirtió en ajeno y enemigo, signo de un colectivo deshilvanado que recela del otro como peligro. Amenazados por una agresividad alimentada por nuestra propia omisión, levantamos muros, rejas, cercas, distancias y barreras. Sobre prejuicios y desapegos, construimos condones sociales, tangencias pragmáticas que redujeron nuestros vínculos públicos a un utilitarismo puntual ejercido con tanto asco como voracidad. Enrapiñados, se nos fue el país, se nos deshizo la ciudad, se nos enlodaron las relaciones, abdicamos al espacio y la fe, se nos pudrió el respeto y nos perdimos como ciudadanos, mientras seguíamos consumiendo bienes y prójimos con la displicencia pragmática de quien toma frascos de mayonesa en un pasillo de automercado. La promesa de un mundo posible se nos deshilachó en la chatura de distancias, rechazos e inmediatismos. Llenos de vacío y descuido, desertamos la ciudad y cedimos la ciudadanía.
Por eso me resultó tan emocionante caminar el valle en ese colectivo polifónico, entre extraños súbitamente familiares; descubrir rendijas de paisaje humano y urbano bloqueadas por mi parabrisas; ver en las banderas batiéndose en ambas márgenes brazos buscando un abrazo demasiado postergado; sucumbir a la sensual profundidad del abra de Coche y a los luminosos velos de edificios y colinas de Plaza Venezuela; conquistar la avenida Bolívar con alegría efervescente y decidida; reconocer en el gesto esquivo del soldado tras la cerca de La Carlota mi misma osadía y angustia ante lo desconocido; habitar la imponencia del Ávila y los accidentes de las colinas como marcos visibles de un paisaje interior sin el que no podría explicarme; imaginar puentes reales que derroten las barreras que fuimos construyendo y tracen caminos para suturar partes que hoy creemos enfrentadas, eventos que venzan las distancias del valle y lo animen como unidad ciudadana, perspectivas que no impongan una contemplación estática sino que inciten movimiento y disidencia; apostar a que el hallazgo de ese encuentro de un día se haga vivencia cotidiana de una identidad compleja pero transparente, en la que nos hallemos, hablemos y, quizá, fallemos, pero con la liviana profundidad del horizonte abierto y la tierra fértil. La que no pueden extinguir las balas y la sangre que nos esperaban sin saberlo, como habrá siempre riesgo en al construcción de cada esperanza y abandonar una por temor al otro es ya morir, aunque parezca que seguimos respirando.
Pues no existe nación posible en la soledad autista de distancias y prejuicios, y la ciudadanía sólo puede construirse desde el arduo júbilo de un encuentro franco.

domingo, 22 de julio de 2012


Infortunios de una res  pública

Este texto fue publicado en la sección LITERALES del periódico TalCual, ayer, sábado 21 de julio. Hoy, domingo 22, se han anunciado los tres trabajos seleccionados para la segunda fase prevista en la convocatoria de la Alcaldía Metropolitana de Caracas, descrita como un período de debate y reflexión, a partir de las propuestas seleccionadas. 
Con el mismo ánimo de abrir la discusión, aún pendiente de ver y analizar las propuestas seleccionadas y las otras sesenta y seis evaluadas por el Jurado para hacer su selección,  y como una suerte de participación desde afuera en un asunto que nos toca muy adentro, lo publico  ahora en este espacio. Son tiempos de pensar y conversar; utilicémoslos.  
Infortunios de una res pública
Fotomontaje
Enrique Larrañaga, 2012




Si no fueran tan graves sus posibles secuelas, el sainete sobre las áreas ocupadas por la Base Aérea La Carlota sería hasta divertido. Pero no lo es; es sólo otra triste muestra de nuestra incapacidad de ver más allá de nuestro ombligo, quizá nuestra mayor ineptitud.

Previendo suspicacias adelanto que mi socia, Vilma Obadía, y yo decidimos no participar en el concurso “La Carlota, Parque Verde: Una decisión de todos” pues creemos que sus términos más que a explorar ideas invitan a responder preguntas que todavía siguen sin hacerse lo que, a nuestro entender, es inapropiado; y a riesgo de ser tachados de lo peor, estamos entre los aparentemente “nadie” que creen que la supuesta “decisión de todos” de convertir La Carlota en Parque Verde es sólo una entre varias opciones, que no  tiene por qué excluir otras y que imponerla como dogma es inaceptable. Y que, como afortunadamente la ciudad es más compleja que cualquier consigna, sus necesidades más diversas que una preferencia y su dinámica más viva que el voluntarismo, seguir intercambiando descalificaciones es inútil; más cuando se vaticinan cambios en los balances de poder, hacia un lado u otro, lo que hace esta pugna inoportuna.

Entre quienes intervienen en este simulacro de operación urbana hay gente que sabe que lo que se haga con La Carlota marcará el futuro de la ciudad. Esas áreas no son una “parcelota” en medio de Caracas sino parte de sus reservas urbanas; ciertamente no la única ni la última, pero sí una importante y fundamental, por lo que debe debatirse seriamente y sin prejuicios, con más propiedad y menos improperios, más exhaustividad y menos animosidad; ignorar esto, des-conocerlo y poner lo inmediato sobre lo importante compromete la evaluación futura de opciones más integrales, por lo que este aparentemente seductor atajo es inconveniente. Más cuando al mismo tiempo se tolera el desguace de Fuerte Tiuna con apenas unas críticas vagas y un mutismo incomprensible.

Con matices que apenas encubren un idéntico sectarismo, dos instancias de gobierno (nacional una, metropolitana la otra) encabezan bandos enfrentados que cometen el mismo crimen de lesa ciudad al convertir un tema fundamental en lema banal y minar la dignidad de los concursos y la credibilidad de sus discursos en un enfrentamiento infantil; usar la ciudad para el proselitismo sin definir necesidades y prioridades es, por lo menos, impertinente; e inadmisible el chantaje con que ambos bandos promueven el silencio cómplice: “si lo dice el “mío” lo apoyo o me callo;  si lo dicen “ellos” me opongo o lo tacho”.

El multiministro presenta el “proyecto final” y al día siguiente lo cambia para incluir la pista que pide su Jefe (al menos es más sincero: ¡la decisión es “de  Él” y punto!) y anuncia que el parque estará listo en 2016; así demuestra que ni hay proyecto listo ni es tan enhiesta su ferocidad si el líder amanece con otra ocurrencia y que si sus proyecciones usan la brújula del rescate del Guaire quizá haya parque para el dosmilyvetetúasabercuándo... Por su lado, el Alcalde Metropolitano, sin fondos ni poder para hacerlo, jura llevar adelante, “contra viento y marea”, lo que resulte del concurso en el que dice participan 140 equipos (a veces más, a veces menos) que será, si se cumplen las bases, un único proyecto; por lo que el tamaño de la concurrencia es mera curiosidad estadística. Ambos ignoran los varios proyectos ya existentes con idéntica insolencia para insistir en su propia ofertas; al final casi la misma y en el fondo ambas insinceras.

E inciertas: esos terrenos son hoy de uso militar y, encima, zona de seguridad; paradójicamente públicos pero de uso privado, como un centro comercial pero al revés, y sólo los excarcelaría un decreto presidencial que derogue los vigentes. Simular decisión y determinismo sin exigir la desmilitarización, desprivatización y civilización, es decir, la “ciudadanización de este recurso urbano es sólo una carta más al Niño Jesús de los Ojalases; y, peor, corrompe desde antes de iniciarse el debate que debe darse cuando la ciudad recupere este espacio, infectándolo con preconcepciones que quizá algunos buscan sembrar ya para evitar entonces la discusión sobre el uso de otras zonas verdes existentes, la estructura y ordenamiento de la ciudad, sus inequidades y otros temas prioritarios, en una descarada “posición adelantada” que raya en lo inmoral.

Otro “detallito”: el costo de la operación, la que sea y a quien le toque.

Habilitar un área equivalente a la comprendida entre las avenidas Lecuna y Urdaneta, desde Miraflores a Los Caobos, incluso si estuviera vacía, que no lo está, debe costar “alguito”. ¿Cómo, cuándo y cuánto paga quién a quién y para qué? ¿El gobierno nacional; y que los habitantes de, digamos, Tucupita, financien lo que dicen que “todos” los caraqueños dicen querer? ¿El gobierno metropolitano; con su mal concebida y apaleada estructura? ¿Los gobiernos municipales; con presupuestos ahogados por nuestra morosidad?¿Aportes especiales de urbanizaciones “vecinas”, beneficiarias de la valorización resultante de una cruzada adelantada con un fragor que quizá se entibie al tocar la realidad real de los reales? ¿Y todo para que, si a aquel decreto “se le pasara” desafectar el área, siga siendo de acceso controlado y administrado centralmente?

Visto así, ¿por qué y para qué tanta bravuconada destinada a ahogarse en las propias lagunas de argumentos simplemente reactivos cuando no descarnadamente reaccionarios? ¿A quién beneficia esta trifulca con más de evento que de pensamiento, de improvisaciones superpuestas que de decisiones ciertas? ¿Es otro simple forcejeo politiquero o hay otras fuerzas detrás del tinglado? ¿Cómo saberlo? ¿Importa?

Preocupa más, y mucho, las mitificaciones y confusiones, actuales y futuras que todo esto incita y revela sobre nuestras dificultades para entender la ciudad, ejercer la ciudadanía y asumir nuestra responsabilidad ciudadana con ambas.

Si seguimos pensando La Carlota tras cercas que la alejan, sobre sótanos de estacionamientos, con pasarelas forradas de maticas, sin subvertir las barreras existentes  que comprometen su accesibilidad y permeabilidad y para lo que se inventa toda esta parafernalia, sin trascender con pluralidad metropolitana lo que son sólo rayas en un plano para tramar y tejer una ciudad cada día más descosida, podríamos terminar cambiando el agujero negro de la Base Aérea por un agujero verde que ponga explícitamente tierra de por medio entre estos envases al (y de) vacío en que decimos vivir; quizá endulcorados con pajaritos, bólidos, monumentos o lo que sea pero en una ciudad igualmente atascada en el desencuentro como único acuerdo y frenada por una inducida convicción de imposibilidad.

Como las ciudades y la ciudadanía, como acciones y actores culturales, son procesos complejos de desarrollo lento, es seductor pero incorrecto sucumbir a la tentación de respuestas rápidas y salidas sencillas. Resistir ese esquematismo requiere la madurez de exigir maduración y no ceder a los temores ni de timoratos ni de temerarios y, para eso, conocer, reconocer y reclamar reflexión técnica, educación ciudadana, participación consciente y, como dice Lagos, liderazgo que piense más en las próximas generaciones que en la elección que viene. Cuesta igual (o más…) hacerlo mal que bien, apremiada que apropiadamente, pero el efecto de sus defectos perdura, inclemente, por generaciones.

Es deber del técnico mostrar y demostrar la diferencia para, sin pausa pero sin prisa, cualificar la ciudad como “cosa humana por excelencia”, construida siempre en gerundio y en plural, buscando consensos pero, sobre todo, celebrando el disenso. Pero también deber de cada ciudadano recordar que los valores no tienen precio, que la política es ética de la polis, que nada de la ciudad es ajeno a su ciudadanía y que “saber” implica más deberes que poder, o seremos todos cómplices, conscientes o no, de nuestra propia anulación.

Preocupada pero deliberadamente apartado de esta diatriba polarizante e incivilizada, uno se pregunta qué dejamos que nos pasara para reducir nuestra compresión de la República ( “cuerpo político de una sociedad”, “causa pública, el común y su utilidad”, según define la Real Academia esa palabra que sabemos deriva de la voz latina “res publica”, cosa pública) a esta “res” públicamente desmembrada por bandos que halan, implacables, los restos de los que logran hacerse hacia su extremo; si sabremos los ciudadanos, con la sabiduría de Salomón, evitar que se siga despiezando este trozo de ciudad antes incluso de integrarlo a ella o, cautivos de la acepción irónica que también ofrece la RAE, “lugar donde reina el desorden”, nos resignaremos a vivir en un caos impúdico.

Aunque los signos no son alentadores y va contra corriente plantear el tema mientras medios, expertos y voceros de todo tipo y bando prometen panaceas edénicas o el oráculo del líder para redimirnos del caos, la ciudad sigue siendo demasiado importante para admitir fingimientos, que se la maree con operativos sin objeto ni objetivo o se la constriña a conservadurismos deleznables disfrazados de conservacionismo loable, de uno y otro lado. Eludirlo, ignorarlo o des-conocerlo sería ahondar, con incluso más saña que las arengas y ofertas vacuas en que nos han y nos hemos sumido,  en el abandono de la ciudad que es el de nosotros mismos, los ciudadanos, avalado y alimentado por nuestra propia ausencia y anuencia, hasta llegar a esto que ya casi asumimos como destino inevitable.

Para frustración de mucho opinador de oficio, sin embargo, todo indica que este inicuo estira y encoge de protestas, declaraciones, índices irrefutables, manifestaciones beligerantes y escándalos desechables, pasará y la bulla se evaporará.

Pero Caracas y La Carlota seguirán ahí; seguramente ambas más fatigadas, más necesitadas, pero con iguales posibilidades.

Quizá entonces, con convicción pero sin dogmatismos, dispuestos al calor propio de un debate pero también a escucharnos, identifiquemos las prioridades, entendamos que el parque es una opción pero no la única ni excluyente y hagamos previsiones con bases ciertas, objetivos claros e instrumentación factible, porque hayamos aprendido que lo diverso, aunque más complejo, es esencial a la ciudad.

Que como la ciudad y la realidad son tercas, ambas vencen no porque se nos impongan sino cuando nos convencen. Y que, para nuestra fortuna y por sobre nuestras miserias, la ciudad siempre se va haciendo mientras va siendo, con todos y contra nadie, porque su tiempo es más comprehensivo que nuestra comprensión de sus realidades. Y

El suyo es el tiempo de la sensatez y no el de  la inmediatez.

miércoles, 7 de marzo de 2012



En BILBAO tunai; Barquisimeto tumorro nai...



En julio de 2009 escribí este texto que, entonces, publiqué en Facebook.

Noticias recientes le dan una vigencia que lamento, por lo que decido volver

a publicarlo, ahora en esta página.

El alerta por el que clama se mantiene vivo, aunque temo que ya los tiempos

consumieron toda prudencia posible...

Quizá la única contra-crítica que he recibido a mi reacción (casi colérica) al nuevo-riquismo del siglo XXI de pasear a Frank Gehry por descampados terrenos en la periferia de Barquisimeto fue un "beneficio de la duda" otorgado al Gobernador Falcón de querer para la capital larense un detonante que la impulse con una operación del tipo "efecto Bilbao".

Carezco de información para secundar o contradecir la hipótesis, así que, "como todo el mundo es inocente mientras se compruebe lo contrario", tomemos por cierta esta posibilidad . Para lo cual, lo confieso, me cuesta gran esfuerzo obviar el tono farandulero de las notas de prensa y hasta de algunas reacciones "¡ay, qué chévere!" entre estudiantes y arquitectos, como quien consigue en el mercado del Cementerio una chiva de Jean Paul Gautier y se la pone así eso ya esté más rayado que un disco de 45..... Pero, insisto, tomo por aceptable la hipótesis del "efecto Bilbao" como motivador de esta casi clandestina visita.

Y ahí, por mucha buena fe y santa palabra que me esfuerzo en confiar, se me empieza a enredar la cosa. SI HAY UN PLAN, si la visita de Gehry va más allá de la circunstancia de Dudamel en Los Angeles, el prestigio de Abreu y un legítimo afán de protagonismo de Falcón, ¿por qué tanto sigilo? SI HAY UN PLAN, ¿por qué empezar por el final, trayendo al arquitecto a ver un terreno sin haber mostrado primero las bondades del plan y enamorado a todos con las bondades de esa ciudad que todos anhelamos, con autores prestigiosos pero, sobre todo, con un gran coro sencilla pero apropiadamente afinado? SI HAY UN PLAN, en dos platos. ¿DONDE ESTA EL PLAN?

La aparición de Ghery en Bilbao (y Foster y Calatrava y varias otras estrellas sobre las cuales cada quien tendrá su opinión) acontece después de que muchos nombres menos conocidos y reconocidos hicieron ese trabajo sucio, menospreciado y fatigoso de PENSAR, de acordar voluntades, de negociar intereses, de ponderar opciones, de detectar lugares, de articular estrategias, de programar lapsos, de buscar financiamientos, de idear mecanismos de gestión, de definir un concepto, de convencer actores, de darle la vuelta mil veces a pequeñas e interrelacionadas ideas y componentes hasta lograr para cada pequeña pieza el lugar en que activa la totalidad con mayor vigor. Es decir, DESPUES DE UN PLAN.

Y, más allá del furor tipo groupie de que nos visite un famoso y excusándome por el fastidio: ¿DONDE ESTA EL PLAN?

El "efecto Bilbao" ocurre, entre otras cosas, porque ese PLAN no queda CERCA de Bilbao, ni un poco más acaíta o allaíta de Bilbao, ni porque Bilbao sea el puerto de llegada para salir a visitar un parque temático en las afueras de Bilbao, sino porque el PLAN ES BILBAO. Sus calles, sus espacios, sus puentes, sus vistas, sus sistemas de transporte, su reformulación más allá del facelift, LA CIUDAD HECHA CON, DESDE, EN, ENTRE LA CIUDAD. Por eso llega a ser irrelevante si a uno le gusta o no el museo de Gehry o los puentes de Calatrava o el edificio de Pelli o las entradas al Metro de Foster. Todos estos "pinchazos" no son sino piezas de la gran partitura (y Dudamel y Abreu deberían saber de eso) CORAL que es la ciudad, en la que bien caben algunos "virtuosi", pero que puestos cada uno a cantar su propio tema, sin orden ni concierto, sería un galimatías no sólo indescifrable, sino atormentante.

Las fotografías mostradas en la prensa muestran a las estrellas y sus séquitos escudriñando áridos y desolados terrenos que, aunque hace mucho que no voy a Barquisimeto, dudo sirvan para animar o reactivar el centro de la ciudad, unir sus ya bastante dispersas piezas desde que se lanzó la Catedral al otro lado, ni para valorar las vistas sobre el valle o hacer de cualquiera de los ingresos a la ciudad un verdadero evento. Todo permite asumir, por otra parte, que el lugar, distante, debe ser de difícil acceso y, por tanto, presume la necesidad de inmensos estacionamientos, más, me temo, en la lógica "Sambil" que en la urbana continuidad de Bilbao.

Entre lo que más me molesta es el secretismo alrededor de toda la operación. Por mera lógica, nada público puede ser secreto, a no ser que esconda otras cosas o exija una confidencialidad que no parece requerirse en este caso.

Pero también me molesta TREMENDAMENTE el desprecio al talento y la adhesión a la fama. Lo lógico, civilizado y usual en estos casos y para edificaciones de tanta significación, es convocar concursos (nacionales o internacionales; abiertos, con selección previa o mediante invitación). Como este procedimiento impone lapsos, su duración puede ser un obstáculo cuando se quieren resultados rápidos, según lo previsto en un...... ¡PLAN! En ese caso se opta por la asignación, en base a credenciales o de acuerdo a lo que (como estilo, imagen, experticia u objetivo) defina el..... ¡PLAN!

De ser éste el caso, sobran en Venezuela talentos merecedores de esta selección. Baste con revisar la lista de los premios nacionales, para irnos por un criterio tan objetivo como se pueda. Entre ellos, para conjurar otros demonios, hay varios que segurito no aparecen el la lista Tascón, e incluso un talentosísimo barquisimetano, como Fruto Vivas, y otros como Gorka Dorronsoro o Jorge Castillo que pudieran hacer edificios segura y afortunadamente menos "fashion" pero de calidad. No me van a decir que no estoy amplio e inclusivo......

Pero me temo que, como sus pares de todas la épocas, el nuevo-riquismo del siglo XXI no tiene tiempo para perder (aunque le sobre dinero que dispendiar) y menos para esa cosa tan fastidiosa como pensar y planificar. Al son de los languidecientes cobres que van quedando, es más fácil bailar (acompasadamente dirigidos por músicos de reconocida solvencia...) "En BILBAO tunái; BALQUISIMETO tumorro nái" y que siga la fiesta. Portadas de revistas especializadas, tormentas de fans alborotados por la llegada del ídolo, y un imperio tan omnímodo que sirve tanto para imprecarlo como para amarrarse a las figuras que, desde él, nos ofrezcan una mirada cariñosa (con la mano extendida y el bolsillo abierto...).

¿¡Pachanga, farandulerismo y suerte! ¡Boncharemos!?


P.D.: ¿Y el PLAN?

















Para entender mejor la angustia actual, puede verse la noticia en el siguiente link


http://multimedia.telesurtv.net/media/telesur.video.web/telesur-web/#!es/video/frank-gehry-disenara-sede-de-sistema-de-orquestas-venezuela/


Resulta curioso, hacia el final de la reseña, cómo el afamado arquitecto, cumplido el objetivo de su también fugaz visita, ahora a Caracas y para firmar el contrato, aparece caminando hacia el jet privado que, presumiblemente, lo llevará de vuelta a sus oficinas en Los Angeles. Las siglas de la nave son claramente legibles y alguien que sepa de esto pudiera identificar el aparato para establecer si los costos que él implique están contemplados en el contrato recién firmado, son un costo adicional o.... no se sabe...

Presumo inocencia, pero ¡cómo cuesta!