martes, 27 de noviembre de 2012



Foro sobre TAXI DRIVER (Martin Scorsese, 1976), organizado por http://www.espacio.net.ve el 11 de marzo de 2009 como parte del ciclo CINE+ARQUITECTURA


miércoles, 25 de julio de 2012


Nuevos espacios

Después de la marcha del 11 de abril de 2002 escribí este texto, publicado ese mayo en EL NACIONAL. Tras más de 10 años, lo retomo en el 445 aniversario de Caracas, una ciudad silenciada que no se calla y cuyas calles aún ansían el júbilo de un encuentro franco.


Entre el este y el oeste, abstracciones cartográficas que en Caracas demarcan un mapa de groseras distancias sociales, corren el río y la autopista. En una rutina diaria que asumimos inescapable, el hedor y la contaminación alejan los extremos. El espejismo del desarrollo y la retórica de algún Marinetti lánguido colapsan empachados de recelo, buhoneros y carteles.
Incapaces de unir los márgenes que pudieran explicarlas, estas trazas separan, además, el norte del sur, desgarrando lo que podría unirnos, testimonio de nuestra torpeza para cuidar lo que nos fue dado y estructurar lo que daremos como herencia. Si en otras ciudades el río es espina dorsal, a la que todo concurre y de la que todo surge, estos flujos de excretas y combustiones fracturan con tristeza ausente una ciudad de espaldas, residual, chorreteada de suciedad y olvido.
Por eso, entre las muchas conquistas ciudadanas del 11 de abril, creo que la construcción de ese territorio de encuentro cívico a lo largo de la autopista, ese alborozo de banderas ilusionadas (casi ilusas, nos parece ahora...), ese entretejido de saludos a amigos que creíamos perdidos y que redescubrimos en una otredad propia y apropiada, todos bajo un sol que quemaba sin herir, me luce la evidencia más concreta de los nuevos espacios que requiere el país nuevo.
Por años abandonamos lo público, hasta que de tanto abandono se convirtió en ajeno y enemigo, signo de un colectivo deshilvanado que recela del otro como peligro. Amenazados por una agresividad alimentada por nuestra propia omisión, levantamos muros, rejas, cercas, distancias y barreras. Sobre prejuicios y desapegos, construimos condones sociales, tangencias pragmáticas que redujeron nuestros vínculos públicos a un utilitarismo puntual ejercido con tanto asco como voracidad. Enrapiñados, se nos fue el país, se nos deshizo la ciudad, se nos enlodaron las relaciones, abdicamos al espacio y la fe, se nos pudrió el respeto y nos perdimos como ciudadanos, mientras seguíamos consumiendo bienes y prójimos con la displicencia pragmática de quien toma frascos de mayonesa en un pasillo de automercado. La promesa de un mundo posible se nos deshilachó en la chatura de distancias, rechazos e inmediatismos. Llenos de vacío y descuido, desertamos la ciudad y cedimos la ciudadanía.
Por eso me resultó tan emocionante caminar el valle en ese colectivo polifónico, entre extraños súbitamente familiares; descubrir rendijas de paisaje humano y urbano bloqueadas por mi parabrisas; ver en las banderas batiéndose en ambas márgenes brazos buscando un abrazo demasiado postergado; sucumbir a la sensual profundidad del abra de Coche y a los luminosos velos de edificios y colinas de Plaza Venezuela; conquistar la avenida Bolívar con alegría efervescente y decidida; reconocer en el gesto esquivo del soldado tras la cerca de La Carlota mi misma osadía y angustia ante lo desconocido; habitar la imponencia del Ávila y los accidentes de las colinas como marcos visibles de un paisaje interior sin el que no podría explicarme; imaginar puentes reales que derroten las barreras que fuimos construyendo y tracen caminos para suturar partes que hoy creemos enfrentadas, eventos que venzan las distancias del valle y lo animen como unidad ciudadana, perspectivas que no impongan una contemplación estática sino que inciten movimiento y disidencia; apostar a que el hallazgo de ese encuentro de un día se haga vivencia cotidiana de una identidad compleja pero transparente, en la que nos hallemos, hablemos y, quizá, fallemos, pero con la liviana profundidad del horizonte abierto y la tierra fértil. La que no pueden extinguir las balas y la sangre que nos esperaban sin saberlo, como habrá siempre riesgo en al construcción de cada esperanza y abandonar una por temor al otro es ya morir, aunque parezca que seguimos respirando.
Pues no existe nación posible en la soledad autista de distancias y prejuicios, y la ciudadanía sólo puede construirse desde el arduo júbilo de un encuentro franco.

domingo, 22 de julio de 2012


Infortunios de una res  pública

Este texto fue publicado en la sección LITERALES del periódico TalCual, ayer, sábado 21 de julio. Hoy, domingo 22, se han anunciado los tres trabajos seleccionados para la segunda fase prevista en la convocatoria de la Alcaldía Metropolitana de Caracas, descrita como un período de debate y reflexión, a partir de las propuestas seleccionadas. 
Con el mismo ánimo de abrir la discusión, aún pendiente de ver y analizar las propuestas seleccionadas y las otras sesenta y seis evaluadas por el Jurado para hacer su selección,  y como una suerte de participación desde afuera en un asunto que nos toca muy adentro, lo publico  ahora en este espacio. Son tiempos de pensar y conversar; utilicémoslos.  
Infortunios de una res pública
Fotomontaje
Enrique Larrañaga, 2012




Si no fueran tan graves sus posibles secuelas, el sainete sobre las áreas ocupadas por la Base Aérea La Carlota sería hasta divertido. Pero no lo es; es sólo otra triste muestra de nuestra incapacidad de ver más allá de nuestro ombligo, quizá nuestra mayor ineptitud.

Previendo suspicacias adelanto que mi socia, Vilma Obadía, y yo decidimos no participar en el concurso “La Carlota, Parque Verde: Una decisión de todos” pues creemos que sus términos más que a explorar ideas invitan a responder preguntas que todavía siguen sin hacerse lo que, a nuestro entender, es inapropiado; y a riesgo de ser tachados de lo peor, estamos entre los aparentemente “nadie” que creen que la supuesta “decisión de todos” de convertir La Carlota en Parque Verde es sólo una entre varias opciones, que no  tiene por qué excluir otras y que imponerla como dogma es inaceptable. Y que, como afortunadamente la ciudad es más compleja que cualquier consigna, sus necesidades más diversas que una preferencia y su dinámica más viva que el voluntarismo, seguir intercambiando descalificaciones es inútil; más cuando se vaticinan cambios en los balances de poder, hacia un lado u otro, lo que hace esta pugna inoportuna.

Entre quienes intervienen en este simulacro de operación urbana hay gente que sabe que lo que se haga con La Carlota marcará el futuro de la ciudad. Esas áreas no son una “parcelota” en medio de Caracas sino parte de sus reservas urbanas; ciertamente no la única ni la última, pero sí una importante y fundamental, por lo que debe debatirse seriamente y sin prejuicios, con más propiedad y menos improperios, más exhaustividad y menos animosidad; ignorar esto, des-conocerlo y poner lo inmediato sobre lo importante compromete la evaluación futura de opciones más integrales, por lo que este aparentemente seductor atajo es inconveniente. Más cuando al mismo tiempo se tolera el desguace de Fuerte Tiuna con apenas unas críticas vagas y un mutismo incomprensible.

Con matices que apenas encubren un idéntico sectarismo, dos instancias de gobierno (nacional una, metropolitana la otra) encabezan bandos enfrentados que cometen el mismo crimen de lesa ciudad al convertir un tema fundamental en lema banal y minar la dignidad de los concursos y la credibilidad de sus discursos en un enfrentamiento infantil; usar la ciudad para el proselitismo sin definir necesidades y prioridades es, por lo menos, impertinente; e inadmisible el chantaje con que ambos bandos promueven el silencio cómplice: “si lo dice el “mío” lo apoyo o me callo;  si lo dicen “ellos” me opongo o lo tacho”.

El multiministro presenta el “proyecto final” y al día siguiente lo cambia para incluir la pista que pide su Jefe (al menos es más sincero: ¡la decisión es “de  Él” y punto!) y anuncia que el parque estará listo en 2016; así demuestra que ni hay proyecto listo ni es tan enhiesta su ferocidad si el líder amanece con otra ocurrencia y que si sus proyecciones usan la brújula del rescate del Guaire quizá haya parque para el dosmilyvetetúasabercuándo... Por su lado, el Alcalde Metropolitano, sin fondos ni poder para hacerlo, jura llevar adelante, “contra viento y marea”, lo que resulte del concurso en el que dice participan 140 equipos (a veces más, a veces menos) que será, si se cumplen las bases, un único proyecto; por lo que el tamaño de la concurrencia es mera curiosidad estadística. Ambos ignoran los varios proyectos ya existentes con idéntica insolencia para insistir en su propia ofertas; al final casi la misma y en el fondo ambas insinceras.

E inciertas: esos terrenos son hoy de uso militar y, encima, zona de seguridad; paradójicamente públicos pero de uso privado, como un centro comercial pero al revés, y sólo los excarcelaría un decreto presidencial que derogue los vigentes. Simular decisión y determinismo sin exigir la desmilitarización, desprivatización y civilización, es decir, la “ciudadanización de este recurso urbano es sólo una carta más al Niño Jesús de los Ojalases; y, peor, corrompe desde antes de iniciarse el debate que debe darse cuando la ciudad recupere este espacio, infectándolo con preconcepciones que quizá algunos buscan sembrar ya para evitar entonces la discusión sobre el uso de otras zonas verdes existentes, la estructura y ordenamiento de la ciudad, sus inequidades y otros temas prioritarios, en una descarada “posición adelantada” que raya en lo inmoral.

Otro “detallito”: el costo de la operación, la que sea y a quien le toque.

Habilitar un área equivalente a la comprendida entre las avenidas Lecuna y Urdaneta, desde Miraflores a Los Caobos, incluso si estuviera vacía, que no lo está, debe costar “alguito”. ¿Cómo, cuándo y cuánto paga quién a quién y para qué? ¿El gobierno nacional; y que los habitantes de, digamos, Tucupita, financien lo que dicen que “todos” los caraqueños dicen querer? ¿El gobierno metropolitano; con su mal concebida y apaleada estructura? ¿Los gobiernos municipales; con presupuestos ahogados por nuestra morosidad?¿Aportes especiales de urbanizaciones “vecinas”, beneficiarias de la valorización resultante de una cruzada adelantada con un fragor que quizá se entibie al tocar la realidad real de los reales? ¿Y todo para que, si a aquel decreto “se le pasara” desafectar el área, siga siendo de acceso controlado y administrado centralmente?

Visto así, ¿por qué y para qué tanta bravuconada destinada a ahogarse en las propias lagunas de argumentos simplemente reactivos cuando no descarnadamente reaccionarios? ¿A quién beneficia esta trifulca con más de evento que de pensamiento, de improvisaciones superpuestas que de decisiones ciertas? ¿Es otro simple forcejeo politiquero o hay otras fuerzas detrás del tinglado? ¿Cómo saberlo? ¿Importa?

Preocupa más, y mucho, las mitificaciones y confusiones, actuales y futuras que todo esto incita y revela sobre nuestras dificultades para entender la ciudad, ejercer la ciudadanía y asumir nuestra responsabilidad ciudadana con ambas.

Si seguimos pensando La Carlota tras cercas que la alejan, sobre sótanos de estacionamientos, con pasarelas forradas de maticas, sin subvertir las barreras existentes  que comprometen su accesibilidad y permeabilidad y para lo que se inventa toda esta parafernalia, sin trascender con pluralidad metropolitana lo que son sólo rayas en un plano para tramar y tejer una ciudad cada día más descosida, podríamos terminar cambiando el agujero negro de la Base Aérea por un agujero verde que ponga explícitamente tierra de por medio entre estos envases al (y de) vacío en que decimos vivir; quizá endulcorados con pajaritos, bólidos, monumentos o lo que sea pero en una ciudad igualmente atascada en el desencuentro como único acuerdo y frenada por una inducida convicción de imposibilidad.

Como las ciudades y la ciudadanía, como acciones y actores culturales, son procesos complejos de desarrollo lento, es seductor pero incorrecto sucumbir a la tentación de respuestas rápidas y salidas sencillas. Resistir ese esquematismo requiere la madurez de exigir maduración y no ceder a los temores ni de timoratos ni de temerarios y, para eso, conocer, reconocer y reclamar reflexión técnica, educación ciudadana, participación consciente y, como dice Lagos, liderazgo que piense más en las próximas generaciones que en la elección que viene. Cuesta igual (o más…) hacerlo mal que bien, apremiada que apropiadamente, pero el efecto de sus defectos perdura, inclemente, por generaciones.

Es deber del técnico mostrar y demostrar la diferencia para, sin pausa pero sin prisa, cualificar la ciudad como “cosa humana por excelencia”, construida siempre en gerundio y en plural, buscando consensos pero, sobre todo, celebrando el disenso. Pero también deber de cada ciudadano recordar que los valores no tienen precio, que la política es ética de la polis, que nada de la ciudad es ajeno a su ciudadanía y que “saber” implica más deberes que poder, o seremos todos cómplices, conscientes o no, de nuestra propia anulación.

Preocupada pero deliberadamente apartado de esta diatriba polarizante e incivilizada, uno se pregunta qué dejamos que nos pasara para reducir nuestra compresión de la República ( “cuerpo político de una sociedad”, “causa pública, el común y su utilidad”, según define la Real Academia esa palabra que sabemos deriva de la voz latina “res publica”, cosa pública) a esta “res” públicamente desmembrada por bandos que halan, implacables, los restos de los que logran hacerse hacia su extremo; si sabremos los ciudadanos, con la sabiduría de Salomón, evitar que se siga despiezando este trozo de ciudad antes incluso de integrarlo a ella o, cautivos de la acepción irónica que también ofrece la RAE, “lugar donde reina el desorden”, nos resignaremos a vivir en un caos impúdico.

Aunque los signos no son alentadores y va contra corriente plantear el tema mientras medios, expertos y voceros de todo tipo y bando prometen panaceas edénicas o el oráculo del líder para redimirnos del caos, la ciudad sigue siendo demasiado importante para admitir fingimientos, que se la maree con operativos sin objeto ni objetivo o se la constriña a conservadurismos deleznables disfrazados de conservacionismo loable, de uno y otro lado. Eludirlo, ignorarlo o des-conocerlo sería ahondar, con incluso más saña que las arengas y ofertas vacuas en que nos han y nos hemos sumido,  en el abandono de la ciudad que es el de nosotros mismos, los ciudadanos, avalado y alimentado por nuestra propia ausencia y anuencia, hasta llegar a esto que ya casi asumimos como destino inevitable.

Para frustración de mucho opinador de oficio, sin embargo, todo indica que este inicuo estira y encoge de protestas, declaraciones, índices irrefutables, manifestaciones beligerantes y escándalos desechables, pasará y la bulla se evaporará.

Pero Caracas y La Carlota seguirán ahí; seguramente ambas más fatigadas, más necesitadas, pero con iguales posibilidades.

Quizá entonces, con convicción pero sin dogmatismos, dispuestos al calor propio de un debate pero también a escucharnos, identifiquemos las prioridades, entendamos que el parque es una opción pero no la única ni excluyente y hagamos previsiones con bases ciertas, objetivos claros e instrumentación factible, porque hayamos aprendido que lo diverso, aunque más complejo, es esencial a la ciudad.

Que como la ciudad y la realidad son tercas, ambas vencen no porque se nos impongan sino cuando nos convencen. Y que, para nuestra fortuna y por sobre nuestras miserias, la ciudad siempre se va haciendo mientras va siendo, con todos y contra nadie, porque su tiempo es más comprehensivo que nuestra comprensión de sus realidades. Y

El suyo es el tiempo de la sensatez y no el de  la inmediatez.

miércoles, 7 de marzo de 2012



En BILBAO tunai; Barquisimeto tumorro nai...



En julio de 2009 escribí este texto que, entonces, publiqué en Facebook.

Noticias recientes le dan una vigencia que lamento, por lo que decido volver

a publicarlo, ahora en esta página.

El alerta por el que clama se mantiene vivo, aunque temo que ya los tiempos

consumieron toda prudencia posible...

Quizá la única contra-crítica que he recibido a mi reacción (casi colérica) al nuevo-riquismo del siglo XXI de pasear a Frank Gehry por descampados terrenos en la periferia de Barquisimeto fue un "beneficio de la duda" otorgado al Gobernador Falcón de querer para la capital larense un detonante que la impulse con una operación del tipo "efecto Bilbao".

Carezco de información para secundar o contradecir la hipótesis, así que, "como todo el mundo es inocente mientras se compruebe lo contrario", tomemos por cierta esta posibilidad . Para lo cual, lo confieso, me cuesta gran esfuerzo obviar el tono farandulero de las notas de prensa y hasta de algunas reacciones "¡ay, qué chévere!" entre estudiantes y arquitectos, como quien consigue en el mercado del Cementerio una chiva de Jean Paul Gautier y se la pone así eso ya esté más rayado que un disco de 45..... Pero, insisto, tomo por aceptable la hipótesis del "efecto Bilbao" como motivador de esta casi clandestina visita.

Y ahí, por mucha buena fe y santa palabra que me esfuerzo en confiar, se me empieza a enredar la cosa. SI HAY UN PLAN, si la visita de Gehry va más allá de la circunstancia de Dudamel en Los Angeles, el prestigio de Abreu y un legítimo afán de protagonismo de Falcón, ¿por qué tanto sigilo? SI HAY UN PLAN, ¿por qué empezar por el final, trayendo al arquitecto a ver un terreno sin haber mostrado primero las bondades del plan y enamorado a todos con las bondades de esa ciudad que todos anhelamos, con autores prestigiosos pero, sobre todo, con un gran coro sencilla pero apropiadamente afinado? SI HAY UN PLAN, en dos platos. ¿DONDE ESTA EL PLAN?

La aparición de Ghery en Bilbao (y Foster y Calatrava y varias otras estrellas sobre las cuales cada quien tendrá su opinión) acontece después de que muchos nombres menos conocidos y reconocidos hicieron ese trabajo sucio, menospreciado y fatigoso de PENSAR, de acordar voluntades, de negociar intereses, de ponderar opciones, de detectar lugares, de articular estrategias, de programar lapsos, de buscar financiamientos, de idear mecanismos de gestión, de definir un concepto, de convencer actores, de darle la vuelta mil veces a pequeñas e interrelacionadas ideas y componentes hasta lograr para cada pequeña pieza el lugar en que activa la totalidad con mayor vigor. Es decir, DESPUES DE UN PLAN.

Y, más allá del furor tipo groupie de que nos visite un famoso y excusándome por el fastidio: ¿DONDE ESTA EL PLAN?

El "efecto Bilbao" ocurre, entre otras cosas, porque ese PLAN no queda CERCA de Bilbao, ni un poco más acaíta o allaíta de Bilbao, ni porque Bilbao sea el puerto de llegada para salir a visitar un parque temático en las afueras de Bilbao, sino porque el PLAN ES BILBAO. Sus calles, sus espacios, sus puentes, sus vistas, sus sistemas de transporte, su reformulación más allá del facelift, LA CIUDAD HECHA CON, DESDE, EN, ENTRE LA CIUDAD. Por eso llega a ser irrelevante si a uno le gusta o no el museo de Gehry o los puentes de Calatrava o el edificio de Pelli o las entradas al Metro de Foster. Todos estos "pinchazos" no son sino piezas de la gran partitura (y Dudamel y Abreu deberían saber de eso) CORAL que es la ciudad, en la que bien caben algunos "virtuosi", pero que puestos cada uno a cantar su propio tema, sin orden ni concierto, sería un galimatías no sólo indescifrable, sino atormentante.

Las fotografías mostradas en la prensa muestran a las estrellas y sus séquitos escudriñando áridos y desolados terrenos que, aunque hace mucho que no voy a Barquisimeto, dudo sirvan para animar o reactivar el centro de la ciudad, unir sus ya bastante dispersas piezas desde que se lanzó la Catedral al otro lado, ni para valorar las vistas sobre el valle o hacer de cualquiera de los ingresos a la ciudad un verdadero evento. Todo permite asumir, por otra parte, que el lugar, distante, debe ser de difícil acceso y, por tanto, presume la necesidad de inmensos estacionamientos, más, me temo, en la lógica "Sambil" que en la urbana continuidad de Bilbao.

Entre lo que más me molesta es el secretismo alrededor de toda la operación. Por mera lógica, nada público puede ser secreto, a no ser que esconda otras cosas o exija una confidencialidad que no parece requerirse en este caso.

Pero también me molesta TREMENDAMENTE el desprecio al talento y la adhesión a la fama. Lo lógico, civilizado y usual en estos casos y para edificaciones de tanta significación, es convocar concursos (nacionales o internacionales; abiertos, con selección previa o mediante invitación). Como este procedimiento impone lapsos, su duración puede ser un obstáculo cuando se quieren resultados rápidos, según lo previsto en un...... ¡PLAN! En ese caso se opta por la asignación, en base a credenciales o de acuerdo a lo que (como estilo, imagen, experticia u objetivo) defina el..... ¡PLAN!

De ser éste el caso, sobran en Venezuela talentos merecedores de esta selección. Baste con revisar la lista de los premios nacionales, para irnos por un criterio tan objetivo como se pueda. Entre ellos, para conjurar otros demonios, hay varios que segurito no aparecen el la lista Tascón, e incluso un talentosísimo barquisimetano, como Fruto Vivas, y otros como Gorka Dorronsoro o Jorge Castillo que pudieran hacer edificios segura y afortunadamente menos "fashion" pero de calidad. No me van a decir que no estoy amplio e inclusivo......

Pero me temo que, como sus pares de todas la épocas, el nuevo-riquismo del siglo XXI no tiene tiempo para perder (aunque le sobre dinero que dispendiar) y menos para esa cosa tan fastidiosa como pensar y planificar. Al son de los languidecientes cobres que van quedando, es más fácil bailar (acompasadamente dirigidos por músicos de reconocida solvencia...) "En BILBAO tunái; BALQUISIMETO tumorro nái" y que siga la fiesta. Portadas de revistas especializadas, tormentas de fans alborotados por la llegada del ídolo, y un imperio tan omnímodo que sirve tanto para imprecarlo como para amarrarse a las figuras que, desde él, nos ofrezcan una mirada cariñosa (con la mano extendida y el bolsillo abierto...).

¿¡Pachanga, farandulerismo y suerte! ¡Boncharemos!?


P.D.: ¿Y el PLAN?

















Para entender mejor la angustia actual, puede verse la noticia en el siguiente link


http://multimedia.telesurtv.net/media/telesur.video.web/telesur-web/#!es/video/frank-gehry-disenara-sede-de-sistema-de-orquestas-venezuela/


Resulta curioso, hacia el final de la reseña, cómo el afamado arquitecto, cumplido el objetivo de su también fugaz visita, ahora a Caracas y para firmar el contrato, aparece caminando hacia el jet privado que, presumiblemente, lo llevará de vuelta a sus oficinas en Los Angeles. Las siglas de la nave son claramente legibles y alguien que sepa de esto pudiera identificar el aparato para establecer si los costos que él implique están contemplados en el contrato recién firmado, son un costo adicional o.... no se sabe...

Presumo inocencia, pero ¡cómo cuesta!

jueves, 26 de enero de 2012

SOBRE EXPROPIACIONES ENTRE IMPROVISACIONES
Reflexiones en el noticiero meridiano de Globovisión, el 8 de febrero de 2010 a partir de las expropiaciones ordenadas el día anterior por el Presidente de la República sobre edificaciones en las cercanías de la Plaza Bolívar de Caracas; lamentablemente vigente...

jueves, 19 de enero de 2012

LA LUZ DE ENERO

Cuando las promesas de año nuevo comienzan a languidecer entre postergaciones y una riada de deudas arremete inclemente contra la chequera, aparece la luz de enero.

Crispante, fuerte, despierta, plena de luz hasta las sombras mientras escruta, acaricia, perfila cada cosa como para despertarla al ciclo que se inaugura.

Luego vendrá la calina de febrero, la sequía de marzo, las floraciones de abril, las lluvias de mayo, los largos días de junio, el verdor de agosto, el calor de septiembre, los cordonazos de octubre y el brillo del capín melao y sus alergias de alegrías anunciando diciembre.

Pero nada afianza la confianza casi ingenua en la esperanza que comienza, en las pupilas, desde los matices y sobre las cosas, como la luz de enero.

El paisaje vibra bajo su luz transparente y contra el azul impoluto del cielo abierto, hasta casi irritar la vista y vestir de novedad todo lo que creíamos haber visto y ahora redescubrimos. Como en un Reverón siempre cambiante, esta luz lo penetra todo, regresa desde el centro mismo de las mismas cosas henchida de vida y ánimo, con vitalidad inundada de trópico, límites cortantes dibujados contra y desde cada forma, paisajes que casi se fracturan en la vibración de luces encontradas, contraponiendo la verdad de su brillo a la desesperanza de cualquier indecisión.

A veces, como este año, la bruma de una lluviosidad inoportuna intenta robarnos esta claridad y someter el esplendor de la esperanza al gris abrumador del frío, la distancia y la humedad. Decidida, rebelde, penetrante, la luz de enero se cuela entre las nubes y se instala, como un comando de asalto, sobre las esquinas del paisaje, las copas de los árboles, alguna acera aún húmeda, y detona su esplendor de sombras hasta hacer que la punta de la Silla perfore la neblina y se imponga como un pezón turgente sobre la cenefa de nubes que envuelve la montaña; colándose, insistente, decidida, negada a sucumbir ante lo que parece inevitable; convencida e impenitente, la luz se impone y triunfa.

Con la terquedad de los ciclos, la luz de enero resiste, persiste, insiste.

Hacerlo es, quizá, su mayor, mejor, casi única razón de ser.

Volverá el año que viene y el otro, a celebrar el tiempo, construyéndolo, cumpliendo implacablemente su misión reveladora. Quizá las nubes no regresen y se demuestre que sólo fueron accidente de un instante, circunstancia de algunos vientos extraviados en algún lugar del océano, impertinencia pasajera, rémora de un fastidio ya para siempre despejado.

Pero la luz regresará, sin duda.

Ella sí es cierta.

Vive incluso cuando nuestra torpeza la olvida y la codicia de los nubarrones pretende arrebatárnosla.


foto de Diana Roche


lunes, 2 de enero de 2012


Conversación con Mariana Gómez en el programa "ENTRE NOTICIAS", en Globovisión, el 20 de noviembre de 2010.
Comenzando 2012, el tema sigue vigente y pendiente; nosotros, los ciudadanos, también...

miércoles, 12 de octubre de 2011








URBIGRAFÍA DE UN PAÍS



Al morir el dictador en 1935 y regresar a Caracas la operación cotidiana del gobierno, un país que empezaba a creerse rico notó que su capital era poco más que un pueblito, con apenas unos edificios de pastillaje guzmancista como piezas notables y una ya manifiesta tendencia a huir hacia el este, sin plan que ordenara la diáspora que sería su signo ni, hasta el día de hoy, acciones por parte de las autoridades encargadas de poner algo de orden ni de los ciudadanos que todos los días sufren y lamentan las consecuencias de aquellos y varios consecuentes desatinos.

Aquellos deseos de transformación generaron enfrentamientos entre los promotores inmobiliarios de la época hasta que, quizá por el sempiterno sueño caraqueño de parecerse a París, por la preeminencia eurocéntrica de la época, por pura safrisquería o por sus propios orígenes, se impuso la idea que promovía Luis Roche y se convocó a un equipo de urbanistas franceses, entre quienes estaba Maurice Rotival, para proponer una idea de la capital que podría tener el país que ambicionábamos ser. El eje de la propuesta del llamado “Plan Rotival” es una gran avenida, al modo de los Champs-Élysées, al sur del casco central, para lo que se debía demoler unas 20 manzanas, cosa que no importó demasiado a los habitantes de una ciudad cuya simpleza les avergonzaba y, a pesar de su espíritu conservador, evitaban conservar testimonios de su pobreza.

Con astucia, el Plan Rotival atiende la obsesión bolivariana de López Contreras proponiendo convertir la colina de El Calvario en un majestuoso mausoleo al Libertador como remate oeste de la nueva avenida (demasiado parecido en forma y desmesura al que ahora se construye al norte del Panteón Nacional para evitar comparaciones) y procede a las demoliciones necesarias sin que en realidad existiera, vistas las consecuencias, la necesaria convicción de ejecutar el resto

del plan. Se deja en el corazón de la ciudad terrenos baldíos que, desde entonces y como ahora La Carlota, se ofrecen como apetitosa carroña a los distintos y sucesivos buitres que, ayer y hoy revolotean sobre este “valle zamuro” de la novela de Carmelo PIno.

El competidor inmobiliario de Roche vio en el cambio de gobierno y la evidente necesidad de rescatar el muladar que era El Silencio la oportunidad para proponer un desarrollo de vivienda popular que, aún el mejor ejemplo de intervención urbana que tenemos, serviría para minar, a la calladita y de hecho, anulando la posibilidad de concluir el Plan Rotival con el Mausoleo que tanto debe haber gustado a López Contreras, bloqueándolo (nunca mejor usada la palabra…) con uno de los más distinguidos edificios de la ciudad, el Bloque I de El Silencio, que con serena majestuosidad define la Plaza O’Leary. Aunque uno celebra que el fetichismo mítico-militar implícito en la propuesta del mausoleo se sustituya con un espacio cívico (aunque en realidad la tal plaza es fundamentalmente una redoma de tráfico), no dejan de ser curioso y no sé si soterrado o ancestral el metamensaje que implica dedicar un espacio civil a alguien que vivió asistiendo generales (primero Anzoátegui, luego Soublette, después Bolívar) hasta que Sucre lo ascendió a Teniente Coronel por sus servicios en Pichincha…

Unos pocos años más tarde, una nueva tachadura se suma a la “rectificación” del Plan Rotival.

El Centro Simón Bolívar y su notable entrecruzamiento de pasos peatonales y vehiculares sustituye la monumentalidad del mausoleo original por un par de torres que por años fueron el símbolo de la ciudad y seguramente nuestra imagen más viajera, llevando por el mundo en tarjetas postales los buenos deseos de locales y visitantes. También aquí y antes de que un par de torpes piezas de arquitectura descartable se anexaran hacia el este, una plaza habilitada posteriormente se nombra en honor de otro edecán del Libertador, Diego Ibarra. Varios años después, en el extremo oeste, se recupera un área de estacionamientos, entre los bloques norte y sur y con frente a la Avenida Baralt (la Plaza Caracas) y se instala en ella el busto colosal de la estatua que coronaría el descartado mausoleo y que, quizá, solitario, en las noches, mira con cierto alivio lo que el bloque deja entrever de la colina desde la que habría contemplado cada día el amanecer; hoy está ahí, apenas una cabeza, de espaldas a la sede de la institución que se dice dedicada a preservar la manifestación concreta de la voluntad popular en una democracia: el voto.

Y también de espaldas a otra estatua suya que también le da la espalda: el “Bolívar jugando bowling". a quien sólo se le ha visto divertirse un poco cuando Tunick, de modo que no faltó quien considerara sacrílego, lo cercó de cuerpos desnudos que disfrutaban la ciudad al natural, entre guardias y curiosos, mientras él los miraba de soslayo.
Quizá sí hicimos el mausoleo, aunque no lo hayamos notado; y lo llevamos dentro, encima, como una pesada piedra que nos pesa, en un nombre que repetimos desde la moneda hasta el aeropuerto, con una cara que nos mira en cada esquina con diferentes facciones de idéntica insolencia, tan decidida y profundamente grabado en nuestro interior que ya ni cuenta nos damos. Quizá, de alguna manera, somos el Mausoleo porque ya lo habitamos.

Los desolados terrenos de las manzanas vaciadas para construir la avenida que nunca fue, permanecieron así; y en persistente deterioro, olvidados por una ciudad que con igual indiferencia hacia el pasado, la misma intoxicación de presente e idéntica fruición por un futuro que daba por descontado y vendría por sí solo, construyó más al norte la “otra” avenida, la Urdaneta, llevándose, con mayor vitalidad, velocidad y eficiencia las casas cuyos portales copió Villanueva en El Silencio y haciendo aún más obvia la solitaria ruina del abandonado “gran eje monumental”.

Puede que por eso a nadie le haya preocupado convertir aquel paseo en autopista y, en medio del frenesí vialista, por años casi nos preciábamos de llegar “full chola” al corazón de la ciudad (claro, hasta que, como suele suceder con las vías sin continuidad, la veloz autopista se fue haciendo cada vez más ineficiente, congestionada, insufrible, y más frecuentes e infructuosos los ardides para evitarla); quizá por eso tampoco a nadie le importó que un edificio de vivienda popular (que se convertiría en hotel de lujo) bloqueara la ideal avenida para luego implantar su piscina disfrutando de la vista sobre el vacío circundante o que un edificio que terminaría siendo la inoperante sede de varios tribunales y oficinas parlamentarias quebrara la imponente simetría marcada por las torres que fueron emblemáticas.

Y florecieron propuestas de todo tipo.

Una, con jardineras hoy llenas de tierra y colillas de cigarrillo y el paradójico nombre de “Parque Central”, logró el apoyo del gobierno de turno, construyó sin pudor otro par de torres (más altas, sin consideraciones de perspectiva o marcación urbana, imponentes sólo por su insolencia e ingenio constructivo) como inicio de un plan de colosal colonización de aquellas áreas solitarias que también terminó decapitado cuando cambió el gobierno, pero dejó por siempre desbalanceado el perfil urbano de un espacio cuyo comienzo o final (depende en qué sentido se experimente) se desdibuja entre inmensos bloques anodinos, torres insolentes, muros ciegos de áreas de servicio y una inmensa tramoya decorada.

En el proceso, los terrenos baldíos habían servido de sede a casi cualquier tipo de construcción provisional, desde un parque infantil con ciertas actividades culturales, el histórico “Imagen de Caracas” coordinado por Jacobo Borges, una pista de patinaje

sobre hielo y tarantines de buhoneros sucesivamente tolerados, instalados, eliminados y vueltos a instalar, casi épicamente, en el “Mercado Bolivariano de La Hoyada” y muchos mítines midiendo cuadras llenas de gente para demostrar poderío con el patetismo de un grupo de adolescentes discutiendo quién la tiene más larga...; y también a otras permanentes, como el edificio técnico de la CANTV y una nueva sede para la entonces PTJ, de la que sólo se construyeron los sótanos, luego transformados en Escuela de Artes Cristóbal Rojas, ahora sólo parcialmente escuela y mayormente refugio de damnificados.

El azaroso paso de los años hizo que otro proyectista captara la atención de otro presidente, Lusinchi, sobre estos espacios y apoyara lo que se llamaría el “Parque Vargas”, una propuesta de ordenamiento del sector que elaboraba una anteriormente desarrollada en el Instituto de Arquitectura Urbana por un equipo dirigido por Jesús Tenreiro, con la asesoría de Kenneth Frampton y la participación de jóvenes que el tiempo demostraría entre los mejores arquitectos de su generación. Confieso nunca haber entendido ni el apelativo de “Parque” (en realidad es un paseo urbano) ni la dedicatoria a Vargas, más allá del hecho de que Lusinchi también fuera médico y a pesar de la proximidad con Diego Ibarra, que intentó derrocarlo, pero agradezco tremendamente la “avenidización” de la autopista como demostración de la falacia de invocar las vías expresas como solución vial y, más allá de juicios de valor sobre su estética y su solidez como recurso de ordenamiento urbano, el valor de haber formulado una ordenanza de zonificación a partir de un elemento físico: una galería continua que definiría el frente de todos los edificios sobre el paseo y permitiría transitarlo de punta a punta bajo techo. Lamento, sin embargo, que en lugar de

asumir la necesaria intensidad urbana del lugar se haya optado, detrás de esa galería y hasta el frente accidental y descontroladamente desarrollado sobre las manzanas que no fueron demolidas por el plan inicial, por un vacío indefinido a ser ocupado, sucesivamente. por museos e instituciones culturales que la realidad ha demostrado no son ni tantos ni tan intensos como para dar presencia y carácter a tan amplia e importante espina urbana.

La Galería de Arte Nacional, diseñada por el mismo proyectista del conjunto, tiene una relación apenas tangencial con el paseo; de la galería conectora sólo se construyó un fragmento, entre la estación Bellas Artes del Metro y un paso subterráneo hacia Parque Central; la conversión de los sótanos del edificio de la PTJ en Escuela Cristóbal Rojas elabora su fachada a partir de la galería que unificaría todas las piezas, pero no así el Museo de la Estampa y el Diseño, una edificación, por decir lo menos, escueta; por años hemos visto vallas anunciando nuevas edificaciones y otras que las sustituyen con anuncios de otras que tampoco se hacen. Y la más reciente adición a esta colección de edículos (que tampoco incorpora la galería que imponía la ordenanza vigente al momento de ser proyectado) es lo que se dice será el Museo de Arquitectura

una suerte de fragmento de edificio lineal cuyos extremos parecen haber sido mutilados para caber en el terreno y una estética demasiado (torpemente) derivativa del trabajo de Glenn Murcutt para soportar el discurso de identidad nacional tan recurrido por su autor.

Quedó, sí, del “Parque Vargas”, para descontento de muchos y desdicha de la ciudad toda, la aparatosa y aún inconclusa cubierta del patio entre los dos edificios al este del Centro Simón Bolívar, envueltos en un diestro pero abigarrado conjunto de arcos, columnas, arquitrabes y otras simulaciones entonces de moda pero ya cansonas (¡es que el postmodernismo envejece muy cursi…!). La cubierta y el gran arco que la cerraría hacia el este adelanta el frente con una grandiosidad que disminuye hasta prácticamente ocultar las torres del Centro Simón Bolívar.

En su día, alguien llamó al autor “asesino de perspectivas”; como el lugar del crimen parece tener siempre un atractivo irresistible, quien calificó al otro de asesino busca ahora aniquilar lo que el primero hizo y subvertir su propuesta sin más análisis que el suyo propio y, presumo, el de sus allegados, con discrecionalidad que no por repetida podemos aceptar como condena.

Creo, sin embargo y a diferencia de lo que muchos han repetido, que habitar el mal llamado “Parque Vargas” con edificaciones de usos complejos que garanticen presencia humana a lo largo de todo el día es una estrategia acertada. Calificar de “ecocidio” la relocalización de áreas verdes abandonadas que hace apenas unos años se criticaban por ser asiento provisional de indígenas y/o indigentes no es sino otra demostración de la fragilidad del sentido crítico de un voluble conservadurismo que adopta, acomodaticiamente, causas que suenan bien por motivos que huelen mal.

Basta sentir el miedo que da transitar las desoladas aceras del Paseo para apoyar la urgente necesidad de acompañarlas con presencias humanamente activas y urbanamente enriquecedoras para darle verdadera vida a lo que hoy es no sólo una vergonzosa prueba de indolencia y abandono sino un riesgo real que sólo se asume por alguna necesidad imperiosa.

Y es que, tanto la aséptica explanada de Gómez de Llerena, como la estalinista celebración de Meléndez o la aplatanada propuesta de Sesto sobre los terrenos de La Hoyada demuestran, casi gritan, que un espacio tan neurálgico no puede resultar de la arbitraria cercanía al poder, ni que se pretenda bien intencionada, y que un lugar ciudadano tan importante tiene que ser objeto de un concurso público, muy probablemente internacional.

Y no es sólo La Hoyada.

Para enmarcar o definir el preámbulo de esa gran plaza debe contarse con buenos edificios urbanos, es decir, edificios que incluyan diversidad de usos, escalas, ocupantes y formas de ocupación y no los residuos edificados, ranchos con esteroides que venimos viendo y se pretende celebremos con orgullo disciplinar. Por la necesaria importancia y diversidad de esos edificios, ellos también deberían incorporar voces y autores diversos, escogidos de manera incuestionable y para desarrollar un plan que debería ser tan sabiamente consensuado como audazmente propositivo pero que, por lo menos, debe conocerse más allá de los límites de las oficinas que los controlan. La manida coartada del “eso siempre ha sido así” no fue válida cuando la criticaban quienes hoy la usan ni lo será nunca o nunca seremos más que otra escaramuza. Aunque resulte casi ingenuo alegarlo ahora y aquí, la ciudad es un proceso lento y complejo, en el que participan una diversidad de actores y, con frecuencia, varias generaciones; por eso, que el destino de un lugar urbano no lo decidan las autoridades municipales y metropolitanas electas para manejar estos temas es no sólo una aberración, sino inexcusable en quienes lo saben bien y se aprovechan de las prebendas que les da una circunstancia para hacer y hacerse de lo que de otro modo no habrían podido. Y eso tampoco lo ignoran; simplemente lo des-conocen...

Pero lo que más temo, vistas las evidencias en casos similares, es que la urgencia de demostrar resultados acelere los trabajos de deforestación de las pertinaces palmas y hoy frondosos árboles que lograron crecer y subsistir a lo largo del paseo, de algún modo protegidas por la desidia; y que se taladren pilotes, se excaven sótanos y se levanten estructuras que difícilmente estarán concluidas para octubre de 2012, cuando, parece, sus actuales paladines podrían perder el fuelle que hoy los insufla. Y, aún peor, que los nuevos gobernantes vean esas construcciones inconclusas con el mismo desprecio con que, desde hace casi ochenta años, se mira lo que otro intentó hacer en estos espacios y, sin siquiera revisarlas, las dejen ahí, abandonadas, cayéndose, como tantos restos que el tiempo ha dejado a lo largo de este basurero urbano que alguna vez animó los sueños metropolitanos de una capitalidad posible.

Quizá no existe monumento vivo, performance colectivo, palimpsesto visitable, ADN edificado, vergüenza social, desnudez públicamente indigente más categórica que esta herida que, abierta e infectada, corta la ciudad como un machetazo del que nadie se hace responsable pero en el que todos buscan aprovechar la ausencia de criterio, continuidad y transparencia.

No se me ocurre otra manera para iniciar su rescate, que es en buena medida el del país y de todas sus heridas abiertas, que suspender tanta pomposidad operática, el exceso de opulencia épica, le borremos el nombre de Bolívar a la avenida y el de Vargas al paseo, quitemos las estatuas de héroes reales o ideologizados y la hemorragia de placas falazmente conmemorativas, arreemos banderas y, luego de barrer un poquito, sencilla, humilde, decididamente, reconozcamos que esta cadena de coqueteos cortesanos debe llamarse “Espacio Nosotros”; pues nada de lo que allí pasa nos es ajeno y se agotaron las excusas para seguir tolerando más de lo mucho de lo que ya, por acción u omisión, somos cómplices desde hace casi ochenta años.

Y decidirnos a utilizar la fuerza de espejo de nuestras bajezas, temores y oportunismos que esta llaga nos espeta, si no para despertar, al menos para despabilarnos un poco…

P.S. Pido excusas a todos los autores de las imágenes utilizadas cuya autoría no reconozco por desinformación o descuido.