sábado, 15 de julio de 2017

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Comencé quinto año de bachillerato recién cumplidos diecisiete años

Diecisiete; los mismos pocos, muy pocos años que apenas alcanzaron a cumplir, entre los muchos (uno hubiera sido ya demasiado) manifestantes asesinados, Carlos José, Yelson, Neomar, Fabián, Rubén Darío y, por ahora, Oswaldo; los diecisiete con que mi padre vivió el fin de una guerra civil que le robó su adolescencia; como diecisiete años trabajó la profesora Yanet Angulo como juez en la Federación Venezolana de Canotaje antes de que un disparo la alcanzara en la cabeza en una protesta en El Tocuyo; y los escasos diecisiete de la Constitución que quieren derogar quienes creyeron haberla escrito a su medida pero ahora descubren que le quedó estrecha a sus notablemente engordadas ambiciones…

Comenzando, pues, quinto año y estrenando los diecisiete, dirigí con dos compañeros de curso una aventura editorial que nos llevó a lugares que ni conocíamos ni esperábamos y nos descubrió realidades que no podíamos sospechar cuando, un poco jugando a poetas y otro poco inaugurando rebeldía (“no sabíamos más, teníamos -poco más de- quince años”, decía la letra de una canción frecuentemente escuchada), decidimos escribir y publicar sobre cosas que veíamos y casos que vivíamos, sospechábamos inmorales y, por ello, creímos necesario denunciar

Así nació lo que llamamos “Kloacqa C.S.I.” y que apenas alcanzó tres ediciones

Contar la historia de todo aquello sería innecesariamente largo, impertinente para el momento y hasta una intrusión en la vida de algunos con quienes la compartí

Baste decir que desde la primera edición de aquel pasquín, distribuido pocos días antes de las vacaciones de navidad, nuestra aventura perturbó la paz idílica de un reputado colegio de Caracas en momentos en que, durante el primer gobierno de Caldera, se intentaba el proceso de “pacificación” destinado a incorporar a la “normalidad democrática” a los sobrevivientes de la guerrilla derrotada; paz, sin embargo, como sin conocimiento intuíamos e iríamos confirmando, construida sobre un entramado de mentiras calladas (todos conocían la verdad), complicidades escondidas (cada quien sacaba algún beneficio de su silencio) y perversiones extendidas (al amparo de una pretensión de moralidad que toleraba y llegaba a alentar violaciones de todo tipo). Paz, pues, que no era tal sino más bien una languideciente ilusión entre complacientes elusiones…

La navidad diluyó el impacto de ese primer número; o al menos así creímos

Cuando desde la autoridad del colegio nos propusieron la colaboración de un cura “chévere” para ayudarnos a corregir temas de redacción y ortografía, no sospechamos que nos imponían un censor; ni siquiera cuando, ya con el segundo número listo para imprenta, nos “sugirió” eliminar uno de los textos. Lo aceptamos para no dilatar más la publicación de esa edición y, con total ingenuidad, en esa página ahora obligada al vacío escribimos “aquí iba un artículo que borró un esbirro”; sin saber, lo juro, lo que significaba “esbirro” sino que sonaba insolente y sugería una atmósfera de novela policial

La frase fue la excusa que prendió una vertiginosa secuencia de hechos que aún hoy me sorprenden y más al percatarme de la brevedad en que ocurrieron

Nos suspendieron a los tres editores por una semana (hubiera sido difícil argumentar la expulsión definitiva de estudiantes de expedientes académicos impecables sin que la represalia resultara tan obvia como excesiva) y la decisión nos fue comunicada en una muy incómoda comparecencia de los tres, cada uno por separado, ante el rector del colegio. El interrogatorio a que nos sometió, con matices en cada “encuentro”, resultó para todos una experiencia humillante y nuestro primer encuentro con la inquisición. Y hoy, cuarenta y siete años después, sí sé lo que significan esta y la otra palabra…

A la salida de aquel regaño/interrogatorio/amonestación nos encontramos los tres, desconcertados y con la difícil tarea de comunicarle a nuestros padres el resultado de nuestra aventura y quedamos en mantenernos en contacto durante esa semana de asueto forzado

En esos días pasaron cosas que ninguno de nosotros anticipaba ni tenía la experiencia para manejar ni la suspicacia para descifrar

Recibimos una llamada tan extraña, citándonos a un lugar tan misterioso que hacía imposible rechazarla, aunque sólo dos de nosotros aceptamos asistir a la cita. Era para hacernos una entrevista en alguna de las revistas entre psicodélicas y subversivas de la época; en los liceos oficiales se manifestaba el “Poder Joven” (con el que nunca tuvimos contacto) y pensaban, asumo, que nuestra aventura representaba una penetración de ese movimiento en el epicentro educativo de la burguesía

Afortunadamente, quizá terminamos resultándoles demasiado sifrinos y esa entrevista (mal hecha y peor contestada) nunca se publicó

Pero sí un panfleto “secreto” que llegaba libremente a muchos (llamado, si no recuerdo mal, “Norte y Sur” y que se decía provenía de la CIA o el FBI, ¿ya qué más da?) que “denunciaba” explícita e irrefutablemente el financiamiento castro-soviético que estarían recibiendo esas células de penetración (o sea, nosotros…). Supimos de varias reuniones de padres y representantes que, contra esos “díscolos y sin duda drogadictos chicuelos” (es decir, otra vez nosotros…) exigían “justicia” con poco interés en ocultar los deseos de ajusticiamiento que suelen yacer tras esta palabra. También de varias llamadas de personeros del gobierno, padres de compañeros de estudios, “profundamente preocupados” por la evidente falta de control de las autoridades sobre lo que acontecía en el colegio en la y que ellos no permitirían vinieran a dinamitar unos carajitos (nosotros, claro) y, menos, desde el centro mismo de la dignidad moral e ideológica de la patria donde, por cierto, muchos de ellos habían estudiado. Una revista de chismes de farándula local que sustituía en mi casa, con menos costo, la necesidad de cotilleo del “HOLA” dedicó su editorial a ese “horror” y concluía afirmando que los enfermos autores de esos textos (nosotros, de nuevo…) sólo aspiraban, en su desequilibrio, “a arrastrar las cabezas sangrientas de sus padres por las calles del Country o La Castellana”; bastante lejos, por cierto, de la modesta sección al norte de Montecristo donde vivía con mis padres, pero una imagen que descompuso en llanto y desolación a mi madre. Otra llamada, aún más misteriosa, nos citó a un lugar en el que nunca habíamos estado y casi ni sabíamos donde estaba a unas horas de la noche que la hacían aún más irresistible; cuando llegamos al edificio, hediondo a fritangas y basura, nos pasaron de uno a otro apartamento, subimos y bajamos pisos, prendieron y apagaron luces, hasta que del fondo de un pasillo oscuro salió un personaje pequeño, con lentes de sol en medio de aquella casi total ausencia de luz, que nos habló de su reciente pasado guerrillero, de la decisión del grupo al que pertenecía de integrarse a la normalidad política pero sin traicionar sus convicciones y de la conveniencia de “incorporar voces jóvenes al movimiento para conectarse con esos grupos emergentes y ganarlos a la causa”, por lo que estarían dispuestos a secundar nuestros esfuerzos aunque, claro, no con dinero, pues el movimiento apenas empezaba, los escasos fondos debían cubrir los costos legales de compañeros aún encarcelados pero, quitando lo económico, estaban dispuestos, deseosos, ávidos de apoyarnos

Al expulsarnos por esos siete días quizá los curas buscaban sacarnos de escena mientras controlaban daños al interior y exterior del colegio y es probable que también hayan pensado que esos días de castigo nos harían reflexionar, por miedo o por reprimendas en nuestras casas; si tales fueron las intenciones, hoy veo que ninguna les funcionó. Los tiempos cambiaban y resistirse a entender, atender y manejar lo que con ignorante intuición denunciábamos (tan cierto que había disparado tantos y tan poderosos resortes) pronto se comprobaría inútil y hasta tonto; y a nosotros esa avalancha de eventos en que nos envolvió una notoriedad no buscada ni entendida no sólo diluyó cualquier atisbo de vergüenza o arrepentimiento sino que nos pareció confirmaba nuestro logro: ¡no habíamos estado en Woodstock pero habíamos conmocionado el sistema desde uno de sus colegios emblemáticos! 

No tardé mucho, sin embargo, en darme cuenta que todos estábamos errados

Erramos nosotros al pensar que hacer lo que considerábamos justo y decirlo nos convertía en héroes predestinados por la historia a cambiarla al solo impulso de nuestra voluntad; erraron las autoridades (del colegio y nacionales) al desatar una barrida represiva pensando que la basura puede esconderse bajo la alfombra del silencio por miedo; erró la élite nacional, representada por aquellos indignados padres, al señalar culpables antes de examinar sus propias culpas; erró el liderazgo político, el establecido y el emergente, al menospreciar unos el valor de una reacción espontánea e insistir en ver conspiraciones detrás de actos ingenuos pero sinceros y pensar los otros que los proyectos políticos se ensamblan arrimando afinidades aparentes sin comprobar ni compartir la realidad y profundidad de convicciones y motivaciones; erraron los “analistas internacionales” al aplicar sus etiquetas pavlovianas sin siquiera tratar de entender qué pasaba y por qué o, pienso hoy, para evitar que otros entiendan lo que ellos saben y prefieren desconocer para que no se conozca; y erraron los medios al buscar llenar páginas con asunciones oportunistas, alarmistas, simplistas y sencillamente huecas

Erramos, pues, todos al no entender que los instantes son importantes y hasta determinantes pero nunca concluyentes; al confundir coyunturas con metas; y al considerar logros finales y compartidos lo que eran sólo fases de proyectos que coincidieron en un momento para luego irse desarrollando por separado; como debe ser, por cierto, para que la diversidad se imponga sobre cualquier forma de uniformidad y logre ensamblar a partir de la no siempre calma discusión de lo que pensamos unos y otros ese nos-otros que, porque se niega a vernos como idénticos, construye la verdadera identidad. Errores de entonces que, tristemente, uno ve repetirse tanto que a veces piensa si serán mañas atávicas pero se empeña en alertar sobre ellas y los riesgos de insistir en irreales lecturas de la realidad que alimentan realidades paralelas y la peor forma de ignorancia posible: insistir en ignorar lo evidente

Aquel año ciertamente me marcó pero no lo evoco con la tierna añoranza de la canción de Violeta Parra que tantas veces, entonces y después, me ha emocionado en diferentes versiones y he intentado con mis escaso talento vocal...


Pues no quiero “volver a los diecisiete”

Viví aquella edad (como las que tuve antes, las muchas que he tenido después e intentaré vivir las, espero muchas, que me resten) con la intensidad que pude y supe hacerlo y hoy quiero mirarla sin el pantano de la nostalgias y el peso de sus fardos. No uso espejos retrovisores (ni siquiera al manejar, lo confieso) para explicar el presente y, mucho menos, para imaginar lo que deseo, me planteo o espero me sorprenda en el futuro; para vivir con igual intensidad las luces retadoras que me ofrezca y el esfuerzo por sortear las sombras que me atraviese

Reivindico, no obstante, del recuerdo su capacidad de re-cordar: de recuperar para el corazón (éste, actual, latiente) la intensidad actual de lo que, por haberlo vivido, nos constituye sin constreñirnos ni consolarnos sino retándonos con sus alertas y confirmándonos que es tan falso el fatalismo del “ya nada es posible” como el triunfalismo de “ya lo hemos conquistado todo”; que todos son tramas en permanente desarrollo, entreveradas con otras que se nos cruzan y algunas se quedan mientras otras se disipan o apagan. Pues sólo los seres humanos morimos, pero no los procesos ni las sociedades ni los entornos de los que participamos y sobre los que actuamos, que siempre nos sobreviven aunque frecuentemente de modo distinto al que esperábamos: a veces para nuestro agrado y otras para indicarnos que toca seguir remando…


Voy concluyendo estas reflexiones cuando comienza a anochecer la víspera de lo que anticipo será el día de mayor importancia  ciudadana de los que me tocará vivir y, también, a muchos de los pocos que las lean

En el transcurso de esta densa trama que venimos viviendo, de la que participamos y a cuya espesura, por acción u omisión, en varias formas pero todos de algún modo hemos contribuido con algún error y, no pocas veces, insistiendo en ellos, nos alcanza el momento de alterar ese curso en un evento único, verdadera rebelión republicana ante un gobierno que ha asaltado el Estado en perjuicio de la Nación y como integrantes legítimos, sustancia misma de esa Nación, construida por la suma de todos nos-otros

Mañana, 16 de julio, lo que se anticipa será una abrumadora cantidad de ciudadanos expresaremos nuestra opinión en una CONSULTA POPULAR que no sólo implica desconocer el gobierno central (el término que acabo de utilizar ya lo hace, pues ha sido “prohibido” desde el poder) sino, quizá más relevantemente: 
1.- desconocer la institución que, obligada a respetar y hacer respetar nuestro derecho a elegir, nos ha secuestrado ese derecho entre triquiñuelas que retrasan hasta imposibilitar el ejercicio de lo que es legal y apuran e improvisan hasta la procacidad lapsos de lo que no lo es 
2.- ignorar las amenazas ya nada sutiles del amasijo leguleyero que ha liquidado la separación de poderes y hace inútil intentar diferenciar una sentencia de un arrebato, una declaración, otro circunloquio o una falacia más o si viene del TSJ, la Defensoría, CONATEL, un diputado alzado e incapaz o del patuque que conforman y los soporta 
3.- y hacerlo, por primera vez, sin el oprobioso tutelaje militar sobre el más cívico, civil y civilizador de los actos ciudadanos en una República: expresarse democrática, libre, republicanamente

Ninguno de estos desconocimientos es, ya en sí, poca cosa y cada uno de ellos es motivación suficiente para ser parte de este proceso inédito de aún incalculables pero previsibles repercusiones políticas

Pero no volvamos a errar

Nada concluye este domingo 16; ninguna tarea queda hecha ni hay capítulo que cierren unas cuantas horas de euforia por cumplimiento con uno mismo, lo que cree y lo que entendemos es un deber con la República desde el ejercicio pleno de nuestra ciudadanía


En gerundio y en plural, como se estructuran, se desarrollan y operan las tramas existenciales y sociales, la trascendencia de este 16 no está en los adjetivos con los que nos esforcemos en calificarlo sino en lo sustantivo que, en el tiempo, como proceso, entre todos y hacia adelante sepamos ir ensamblando a partir del lunes 17

Pues sí, este lunes, “el primer día del resto de nuestra historia”, será 17-7-17; curiosa pero nada accidental simetría que, contra lo que pudieran pensar posibles incrédulos, representa para mí, a la vez, un augurio y un reto. El número es casi un palíndromo, esas palabras que se leen igual desde el extremo por el que se comience la lectura hasta encontrarse en el centro con un signo que, como un espejo, construye profundidad para reconocer (otro palíndromo…) la sustancial proximidad de extremos que se asumían muy alejados y que al encontrarse en el propósito común de constituir un “significante” con significado amplio y compartido, se concilian para seguir hacia adelante; sin renunciar a sus diferencias pero venciendo las distancias para construir encuentros

Ésa será, creo, la tarea más importante y sin duda la más difícil cuando, superado con éxito el 16, aceptemos el desafío de identificar y articular lo que somos (otro palíndromo…) aprendiendo a rever que siempre que conversamos dos es con el objetivo de hallar modos de ser tres y que, como las preguntas del domingo, en tiempos de negación, exclusión y represión nada es más subversivo que afirmar(se) y más si resuena en el eco de la repetición: SI, Si y SI

Dentro de cuatro años cuadriplicaré los diecisiete que tenía cuando sucedieron los hechos relatados. Quizá entonces pueda mirar los de la actualidad con una distancia crítica que hoy me es obviamente imposible, Espero entonces encontrar menos errores sin evadir los que toque asumir

Y, sobre todo, espero que estos últimos diecisiete años nos hayan enseñado a aprender todo lo que nos falta por admitir, procesar, metabolizar, articular e imaginar en los muchos que nos quedan como Nación y, ojalá, a quienes con tanta paciencia me han acompañado hasta estas líneas con las que cierro ya esta nota

A eso apuesto

¡SÍ! ¡SÍ! Y ¡SÍ!





P.S. El día de mi graduación de bachiller, pocos meses después de los incidentes al inicio de esta nota y un mes antes de cumplir dieciocho, busqué al Rector del colegio, el mismo que me había expulsado de su oficina al tiempo que me anunciaba la sanción que me suspendía por “al menos” una semana, para saludarlo con afecto nada impostado. En aquel momento (la juventud es siempre irreverente y hasta arrogante) lo consideré un triunfo, casi una lección que este zagaletón le propinaba (ése sería el término) a aquel cura reaccionario sobre tolerancia. Hoy entiendo que, sin saberlo entonces, la misma intuición que me había hecho cometer imprudencias antes me había llevado a un gran acierto: los rencores guardados terminan corroyéndonos y mirar a quien piensa distinto como enemigo nos somete a la prisión de nuestras miserias. 
Al menos eso espero aprendí de mi tránsito a través de los diecisiete…

jueves, 1 de agosto de 2013


SUGERENCIAS PARA 
RE-VISITAR 
FOTOS DE CARACAS
SIN MORIR EN EL INTENTO

Con motivo de un nuevo aniversario de Caracas y como homenaje a Wiliam Niño, la “Cátedra de Imágenes Urbanas” organizó el pasado 25 de julio el encuentro TRES ÁLBUMES DE CARACAS.  La idea era, como quien visita a un amigo y curiosea sus álbumes familiares, ver y comentar fotos de Caracas de la colección de William y la de la Fundación para la Cultura Urbana para, a mi entender, ver lo que fuimos y lo que somos para imaginar lo que podemos y debemos ser.
Uno de esos álbumes ha corrido por las redes estos días (desde el link http://prodavinci.com/galeria/?gid=39&gstart=0), casi siempre acompañado de esa cantinela, entre la admiración y el lamento con que, al parecer, insistimos en ver (y simplificar…) lo pasado como testimonio de un paraíso que perdimos para caer, de sopetón y sin más explicación ni responsables que la desgracia del destino, en este presente doloroso que asumimos inescapable. Simplificación que alcanza  a las personas que convertimos en personajes lejanos de sí mismos y su propia vitalidad; tanto como nos aleja de la ciudad esa sobredosis de nostalgia escapista...
No comparto esta asunción y en ese sentido escribí la nota que leí en ese encuentro y aquí reproduzco. Entonces, para  recordar al amigo y nuestra ciudad con la justicia crítica que creo necesaria y ahora para alertar sobre el regodeo en una nostalgia paralizante que puede dejarnos varados y, peor aún, resignados a lo malo como ajeno e inevitable. 



Aire      
fotomontaje digital de Vilma Obadía Benatar    

No soy fanático de eventos aislados sin programas sostenidos; preferiría salir a mirar la ciudad que estar en un salón admirando fotos; y temo que, como hacemos con Caracas, estereotipemos la admiración hacia William para evadir la comprensión de ambos.
Pero la fecha vale. Particularmente este año, cuando se manipula para seguir mitificando a uno de los gobernantes que más vejó a esta ciudad; creo que porque le tenía un miedo inmenso. Por eso celebro compartir con ustedes y, disculpen la sinceridad, imágenes mediante, con William, con quien llevo ya casi tres años sin hablar; ni pelear, que era muy divertido…

Cuando murió, escribí para el Papel Literario de "El Nacional", un texto que, para convocar a su querido Oswaldo Trejo, titulé "Un hombre que fue ciudad".
Como Caracas, William era contradictorio, impredecible, múltiple; tan despierto como frecuentemente disperso. Mucho de su obra nació de azares que, inteligentemente, reconocía al ir conversando y, casi de repente, de tema asomaba una idea que sugería un evento, exposición, libro o combinaciones como proyecto. En ese reducto del lloriqueo que es a veces Facebook, alguien lo citaba recientemente diciendo que ya Caracas está terminada; que basta con limpiarla, mantenerla y listo. Fui testigo de la fuerte discusión entre William y Vilma Obadía sobre esa afirmación y del cambio de aquella posición conservadora hacia otra que, casi frenéticamente, veía posibilidades de reformulación en cada esquina. Y es que citarlo sin fecha ni contexto traiciona a quien, como Caracas, evolucionaba continua, intensa y casi paradójicamente. Pasa con quienes son ciudades: sólo se mantienen realmente vivos cuando aprenden a oportunamente morir un poco la ciudad y la gente…
Quien haya estado en su casa sabe que William no era amigo de reduccionismos; por eso no le va enjaularlo en cualquiera de sus muchas frases contundentes. Más que un hombre con ideas SOBRE la ciudad, William era un acucioso observador que pensaba haciendo EN, DURANTE Y CON su caraqueñidad cotidiana, entreverando oralidad, visualidad, registro e intuición y compartiéndolos generosamente. Su gran legado es el de un curador urbano que observando, calificando, relacionando, mostró lo que creíamos haber visto ya de forma inusitada, reveladora y muchas veces hasta exagerada.
Y Caracas necesita curadores. Tanto que sepan clasificarla para clarificarla como que se atrevan a curarla sea cuando basta una curita o cuando hace falta bisturí, criticándola a veces duramente y otras acariciándola devotamente, tan vigilantemente inclusivos como incluyentemente incisivos. Tampoco a Caracas le van las jaulas; estos álbumes me interesan sobre todo por las contradicciones que, William, gran provocador, propone al combinar la prístina vitalidad de Caula, Gasparini, Matiz y otros con la crudeza cenital de Nicola Rocco.
Hoy, más que lo hecho o haciéndose, celebro la posibilidad de vernos y atrevernos a acometer lo mucho por hacer. Vigilantemente amorosos y afablemente quisquillosos, como William y su mirada alerta; frecuentemente desconcertante, como nuestra Caracas, de cuya consolidación civil depende su pertinencia cívica.
Y no hay día más cívico y ciudadano que el de la ciudad ni ciudadanía sin entender que sólo cuando exige futuro el pasado logra hacer y ser ciudad. Los héroes civiles que lo saben y hacen garantizan que ella viva atravesando calendarios.
Lo otro es sólo acumular años. 
Y, como creo diría William, “¡qué faaastidio…!

lunes, 29 de julio de 2013


s  a  c  a  r     a    C  A  R  A  C  A  S
Publicado en la edición de fin de semana del periodico TalCual del 27 y 28 de julio de 2013       
      
SaCaRaCaRaCaS             
Fotomontaje digital, Enrique Larrañaga, 2013



Con la casi religiosa asiduidad con que se celebran los cumpleaños de una abuela ya senil que sonríe ausente aunque no entiende tanto festejo y entre varios que no esperábamos ver y quizá ni querían venir, cada año, por estas fechas, celebramos el aniversario de nuestra ciudad, como si sacar a Caracas de paseo nos eximiera el resto del año. Por unos días le prodigamos loas con algo de nostalgia, mucho de retórica y poco del amor real que da porque exige y exige porque da.
Quizá la fiesta sea, como canta Serrat, olvidar al menos por una noche, una semana o un mes, que “cada uno es cada cual” y simular intensidades que rompan la rutina cotidiana. Pero este ardid que convierte por igual a funcionarios, opinadores y ciudadanos en sacerdotes del exceso verbal y la escasez funcional luce cada vez más efectista y menos efectivo. Pura bulla, pues…
Y no es que durante el resto del año la ciudad se abandone del todo. A pesar de una estructura político-territorial caduca y desigual, imprecisas competencias que se usurpan y renuencia a colaborar entre entidades sólo separadas por fronteras que diluye la cotidianidad, los alcaldes, metropolitano y municipales, van haciendo cosas, aunque algunas no se entiendan y uno a veces hasta se pregunte dónde están.
Es también justo decir que en estos años los municipios identificados con las mayores urgencias de la ciudad, Libertador y Sucre, han adelantado intervenciones urbanas notables, asistido (casi a veces relevado) por la colosal muleta de PDVSA el primero y el segundo supliendo sus precarios fondos con asociaciones estratégicas. El Plan Catia y el ordenamiento de la redoma de Petare, el programa “Espacios Sucre” y los parques en Libertador, la recuperación del casco central y el de Petare, por ejemplo, demuestran que también la belleza y el orden son derechos ciudadanos y que para sacar a Caracas del desbarrancadero por el que se nos está yendo hay que tratarla y mantenerla con la amabilidad que le exigimos y ahora vitalizarla desde sus nuevos o rehabilitados teatros para impulsar una vida urbana más intensa y plena. Como, con sus peculiaridades, tocaría también hacer con tantos otros enclaves en la ciudad y que, si dejamos de verlos con el derrotismo masoquista que califica todo de caos, notaríamos que ofrecen una diversidad que es quizá nuestra mayor riqueza.
Nuestra geografía y las circunstancias de su ocupación hacen de Caracas un collage de situaciones disímiles, cada una de notable coherencia e identidad. Como arqueólogos pacientes y amorosos, toca ahora sacar a Caracas de la perversión de instrumentos legales ajenos y caducos y atrevernos a “recordar nuestro futuro”, es decir, a asimilar herencias y tesituras como un estímulo a la imaginación y no otro catálogo de imágenes, sin atarnos a ellas con el conservadurismo castrador que late detrás de mucho llamado conservacionista. Aunque duele, se evita y no se desea, aceptar que la muerte es parte de la vida es signo de madurez y sólo así se metabolizan y persisten las tradiciones, entre variaciones que, a veces sin notarlo, traen el tiempo y el azar. Y para muestra baste una hallaca o una Movida Acústica Urbana…
Afectiva y efectivamente, iniciativas ciudadanas como “Ser Urbano”, “Masa Crítica”, “Caracas a pie”, “Bicimamis”, “Una Sampablera por Caracas” y otras, consiguen sacar a Caracas a la escena pública. Quizá por la espontaneidad de su dinámica, sus acciones a veces envían mensajes ambiguos que alguna prensa trivializa, como el pacato estupor por la desnudez de ciclistas denunciando su indefensión en el tráfico o la mirada festivalera a serios reclamos a favor del peatón. Ligereza similar a la que, convertida en pasividad, nos hace aceptar las manipulaciones proselitistas en la acción cultural de Tiuna El Fuerte o el aislamiento físico y social de enclaves cívicos como Los Galpones, Trasnocho o Los Secaderos, formas distintas pero iguales de desvirtuar y alienar mensajes y actores de las que también toca sacar a Caracas para construir ciudad y constituir civilidad a través del libre ejercicio ciudadano de todas las oportunidades y manifestaciones. Más inclusivos pero aún limitados a eventos puntuales, los “por el medio de la calle” en Chacao, Los Palos Grandes o El Hatillo y las “rutas nocturnas” en los museos y Plaza Bolívar denotan la sed ciudadana de encontrarse a disfrutar lo urbano sin barreras para sacar a Caracas del desaliento.
Y es que Sacar a Caracas debe significar, si no primero al menos a la vez, retar la segregación física, simbólica y temporal de lo que puede y debe congregarla. Quizá ésta es la misión más ardua pues estas fracturas se expresan en la ciudad pero no le pertenecen: se las imponemos nosotros mientras seguimos quejándonos y buscando culpables de miserias sobre las que nunca admitimos responsabilidad.
En este y otros sentidos, sacar a Caracas de este pantanal exige meter lo urbano en la agenda política y meter la política en el debate urbano, con liderazgos claros y ciudadanía más informada, mejor formada y menos prejuiciada. Política sin politiquería constreñida a lo electoral como rehén de encuestas y a lo partidista como arqueo de cuotas, sino vivida como “polis y ética”; liderazgos con capacidad de conciliación pero también convicción más allá de la próxima votación; y ciudadanía que con coraje supere lo reactivo (y hasta reaccionario) para asumir riesgos y cumplir deberes mientras reclama derechos.
Es decir, civilidad plena ejercida con consciente respeto y exigente madurez para, entre ciudadanos libres de esta resignación a la imposibilidad que nos paraliza y liderazgos incluyentes mas no complacientes, articular políticas que sepan sacar cara por Caracas para desmontar la inseguridad y la violencia, alimentados también y en el más vicioso de los círculos por nuestra propia y compartida pasividad y ausencia.
Está demostrado que la calle más peligrosa es la más solitaria y oscura y que lo urbano es esencialmente cívico y civil. No es militarizando la ciudad para escrutarnos a todos por “porte ilícito de cara sospechosa” que venceremos el miedo y la violencia, sino recuperando la calle como espacio de encuentro, sin darle la espalda ni nosotros ni nuestros edificios, sino tejiendo con y en ella la trama de una cotidianidad articulada en ciudad como ámbito e invitación y, sí, con los riesgos que ello implica; no mayores, por cierto, a los de toparnos con un conductor ebrio o un vivo comiéndose la flecha.
Calles profusamente iluminadas, con comercios y servicios abiertos hasta tarde en la noche, a los que no sólo no se multe sino se recompense cuando sus vitrinas complementen el alumbrado sobre las aceras para animar los paseos nocturnos y con transporte público seguro y decente las 24 horas. Todo elloen espacios respetuosos que, en toda la ciudad,  incentiven un respeto equivalente, como aquel casi mítico “efecto Metro”, aboliendo de una vez y para siempre la trillada distinción entre “formal e informal” que alimenta esta esquizofrenia urbana que nos tiene quebrados.
Aunque supuestamente antagónicos, gobierno y sector privado siguen la misma “lógica” demostradamente fallida y contradictoria de pensar que sacar a Caracas de esta crisis integral exige, con una mano y literalmente, vaciarla dispersándola (sea hacia Ciudad Caribia o hacia el sureste) y con la otra especular saturándola (sobre tierra barata atapuzada de metros cuadrados) sin considerar en nada el espacio público. Perversiones todas que asumen la ciudad sólo como operación inmobiliaria de rendimiento súbito (político, económico o, casi siempre, ambos) y no como construcción cultural, cuya complejidad y heterogeneidad es indispensable entender y atender para sacar a Caracas de este laberinto de desencuentros y arbitrariedades y hacia algo que podamos sentir propio porque lo reconocemos apropiado. De eso tratan y eso buscan la ciudadanía y la civilidad, los logros más elevados pero también más frágiles de la humanidad en su largo y accidentado camino hacia la libertad integral y su ejercicio. Y a eso se debe su ámbito natural que es el espacio público, de la escalera a la calle, de la plaza al paseo, del parque grande o pequeño a la acera limpia y lo que cada uno contribuye al arraigo e identidad existencial del ciudadano.
Toca revisar críticamente y sin complejos muchas asunciones que desgarraron ese tejido fundamental, enmendar errores cometidos a su amparo, retomar caminos abandonados por esnobismo o mezquindad y, quizá sobre todo, evitar el simplismo y silencios que aconsejan las encuestas y el dogmatismo de opciones excluyentes. Bien pueden coexistir la llamada “acupuntura urbana” con cirugías de variada intensidad que, sin temeridad ni temor, prevengan metástasis letales, ideas sobre lo que hoy luce imposible con obras de mantenimiento. Y todo con la certeza de que una ciudad, por fortuna, ni se termina nunca ni es jamás la suma simple de sus hechos aislados, sino el incitante entramado de posibilidades y sugerencias que sus múltiples actores hacen y rehacen cada y todos los días. Las ciudades no se hacen solas pero tampoco cambian, para bien o para mal, sin la decisión de hacerlo; y, ya se sabe, eludir decisiones es el peor modo de decidir…
Claro que reconocer (otro palíndromo…) que para sacar a Caracas de esta aridez debemos superar las cárceles mentales, físicas, sociales y legales a que la confinamos, celebrar su multiplicidad y hacer accesible y cercano lo que separamos y alejamos no es fácil ni será posible de sopetón ni sin esfuerzo; lo que sólo lo hace más urgente. No estamos condenados a los ghettos que son, por igual, el barrio sitiado por el hampa y la urbanización cautiva del terror, ni a la seguridad falaz de centros comerciales que como voraces sumideros urbanos anulan el espacio ciudadano de la calle y mucho menos a temer la noche ni rendirnos a rejas y candados.
Pues sacar a Caracas es también su reverso: meternos tanto en ella y metérnosla tan adentro que no nos la podamos sacar sin que en ello se nos vaya buena parte, si no todo, de lo que somos. Eso exige afinar métodos pero sobre todo objetivos; directores y directrices tanto como tino ciudadano para escogerlos, vigilar su trabajo y llevar adelante el nuestro. No es fácil, pero tampoco imposible.
A esa responsabilidad estamos convocados este 8 de diciembre, con particular intensidad ciudadana. De cumplirla cabalmente dependerá que podamos celebrar la fuerza de la esperanza y no sólo el pasar de más años.


Desde la torre    
Serie "La recámara", Ángela Bonadíes, 2012

jueves, 25 de julio de 2013


c a r a c a s  m ú l t i p l e s



En julio de 2002, la Cámara Municipal del Municipio Libertador, controlada por el partido de gobierno y sin consulta previa alguna  (como apunta
 esta reseña de la época,  http://www.eluniversal.com/2002/07/21/ccs_art_21402EE.shtml) acordó cambiar el nombre de la circunscripción al que aún ostenta: "Municipio Bolivariano Libertador".
El 25 de julio de ese año, con motivo del aniversario de la ciudad, WIlliam Niño Araque convocó en la Galería de Arte Nacional lo que llamó la ASAMBLEA DE CARACAS, en la que presenté la versión original de un texto que, con modificaciones muy menores, pues su contenido y reclamos siguen vigentes, presento once años más tarde como mi pequeño regalo a esta ciudad.























Como en una suerte de combo del ensañamiento, las agresiones contra nuestros espacios ciudadanos se esconden con indecente frecuencia tras la charada patria de una iconografía falazmente reverente.
No podemos, sin embargo, acostumbrarnos a lo inaceptable.
Abandonada, hiriente y agredida, persiste ofensiva la dislocación urbana que llamamos “Avenida Bolívar”; diariamente se ignora y deteriora ese testimonio de determinación moderna y entramado urbano que sigue siendo el “Centro Simón Bolívar”; el potencial cívico de La Hoyada como recinto urbano monumental de una ciudad que necesita encontrarse se pierde entre los tarantines desolados del “Mercado Bolivariano”; al rancherío estatuario de la ciudad se le suma un Bolívar empaquetado en un trapo que lo ahoga, al final de la Avenida (faltaría más…) “Libertador”; y se anuncia (y luego se aborta “por motivos patrios”, en ese estira y encoge ya demasiado repetido de la prometología presidencial) la cesión del Palacio de Miraflores a una Universidad seguramente tan quebrada como todas las otras pero “Bolivariana”. Pero aunque quizá ya anegado por el alud de escándalos que nos pisa diariamente, no debe olvidarse que a esta tradición de coartadas ideológicas y trompetillas fundamentalistas pertenece la pueril echonería de los cagatintas que pretenden aguarle el cumpleaños a Caracas imponiendo apellidos y secuestrando símbolos sumando el adjetivo “bolivariano” al nombre del Municipio Libertador.
Más allá del abuso oportunista, la legalidad a los carajazos o el patrioterismo arrebatado, práctica cotidiana del poder, lo que indigna de este insistente intento es su determinismo excluyente, su manipulación de los idearios como fronteras y el confinamiento de la vida y la historia de Caracas, es decir, de la sociedad que hace, nutre y desarrolla este pueblito que se expandió acumulando suburbios y que ahora enfrenta el reto de su metropolitanización, a etiquetas y espejos intencionadamente deformados.
Con y como cada uno de los caraqueños, los que nacimos aquí y los que aquí decidieron vivir, amo, siento, defiendo, ambiciono, aborrezco, necesito, temo, deseo, imagino, actúo y soy, esta Caracas honrosamente bolivariana, es verdad, pero también ancestralmente guaicaipuriana, tropicalmente villanuevana, luminosamente reveroniana, libertariamente rosciana, musicalmente carreñiana, museográficamente arroyiana, fotosensiblemente gaspariniana, gustativamente sumitiana, poéticamente montejiana, delirantemente ramironaviana, cívicamente mirandiana, utópicamente ramironaviana, contagiosamente oscardeleóniana, reflexivamente nuñiana, sensualmente nebrediana, hertzianamente ottoliniana, lacrimosamente deliafiallana, teatralmente gimeniana, gramaticalmente belliana, festivamente galarraguiana, maravilladamente humboldtiana, inclusiva, urbanamente niñoaraquiana, múltiple, toponímica, contradictoria, polifónica, copulativa y en vivaz gerundio permanente que azuza transformaciones mientras hace de la complejidad su fuerza y belleza más profundas, que la garantizna viva y afirman su esperanza, incluso más allá de nuestra pequeñez, ingratitud, incompetencia y avaricia.
Toca nutrir esa diversidad y nutrirnos de ella para superar la exclusión que nos condena a todos (acoquinados unos al final de la escalera y atemorizados otros detrás del Multi-lock) a una reclusión que parecemos aceptar dócilmente y que debemos quebrar para recobrar Caracas. El futuro, que sigue quedando hacia adelante, no como lotería ni arrebato, sino como proyecto que depende de nosotros pues sólo en nosotros existe, exige convocar, incluir, tramar y hasta confrontar la pluralidad de esas muchas caras simultáneas e instaurar el encuentro como ejercicio de multiplicidad, para construirlo con disposición amplia y concurrente, sin atajos demagógicos, fajas dogmáticas o imposiciones excluyentes.
Podrán cambiarle el nombre a Caracas pero no el alma, los símbolos pero no la fuerza, pichirrearle su multiplicidad pero no eliminarla. Afortunadamente, a pesar de los empeños por diluirla y de nuestra torpeza para amarla y armarla, sigue viva porque sigue siendo de y desde todos.
Y porque lo sustantivo de Caracas, esa complejidad y multiplicidad suya, como la del país todo, excederá siempre el esquematismo excluyente de cualquier adjetivo simple, simplista o simplificador.




martes, 27 de noviembre de 2012



Foro sobre TAXI DRIVER (Martin Scorsese, 1976), organizado por http://www.espacio.net.ve el 11 de marzo de 2009 como parte del ciclo CINE+ARQUITECTURA


miércoles, 25 de julio de 2012


Nuevos espacios

Después de la marcha del 11 de abril de 2002 escribí este texto, publicado ese mayo en EL NACIONAL. Tras más de 10 años, lo retomo en el 445 aniversario de Caracas, una ciudad silenciada que no se calla y cuyas calles aún ansían el júbilo de un encuentro franco.


Entre el este y el oeste, abstracciones cartográficas que en Caracas demarcan un mapa de groseras distancias sociales, corren el río y la autopista. En una rutina diaria que asumimos inescapable, el hedor y la contaminación alejan los extremos. El espejismo del desarrollo y la retórica de algún Marinetti lánguido colapsan empachados de recelo, buhoneros y carteles.
Incapaces de unir los márgenes que pudieran explicarlas, estas trazas separan, además, el norte del sur, desgarrando lo que podría unirnos, testimonio de nuestra torpeza para cuidar lo que nos fue dado y estructurar lo que daremos como herencia. Si en otras ciudades el río es espina dorsal, a la que todo concurre y de la que todo surge, estos flujos de excretas y combustiones fracturan con tristeza ausente una ciudad de espaldas, residual, chorreteada de suciedad y olvido.
Por eso, entre las muchas conquistas ciudadanas del 11 de abril, creo que la construcción de ese territorio de encuentro cívico a lo largo de la autopista, ese alborozo de banderas ilusionadas (casi ilusas, nos parece ahora...), ese entretejido de saludos a amigos que creíamos perdidos y que redescubrimos en una otredad propia y apropiada, todos bajo un sol que quemaba sin herir, me luce la evidencia más concreta de los nuevos espacios que requiere el país nuevo.
Por años abandonamos lo público, hasta que de tanto abandono se convirtió en ajeno y enemigo, signo de un colectivo deshilvanado que recela del otro como peligro. Amenazados por una agresividad alimentada por nuestra propia omisión, levantamos muros, rejas, cercas, distancias y barreras. Sobre prejuicios y desapegos, construimos condones sociales, tangencias pragmáticas que redujeron nuestros vínculos públicos a un utilitarismo puntual ejercido con tanto asco como voracidad. Enrapiñados, se nos fue el país, se nos deshizo la ciudad, se nos enlodaron las relaciones, abdicamos al espacio y la fe, se nos pudrió el respeto y nos perdimos como ciudadanos, mientras seguíamos consumiendo bienes y prójimos con la displicencia pragmática de quien toma frascos de mayonesa en un pasillo de automercado. La promesa de un mundo posible se nos deshilachó en la chatura de distancias, rechazos e inmediatismos. Llenos de vacío y descuido, desertamos la ciudad y cedimos la ciudadanía.
Por eso me resultó tan emocionante caminar el valle en ese colectivo polifónico, entre extraños súbitamente familiares; descubrir rendijas de paisaje humano y urbano bloqueadas por mi parabrisas; ver en las banderas batiéndose en ambas márgenes brazos buscando un abrazo demasiado postergado; sucumbir a la sensual profundidad del abra de Coche y a los luminosos velos de edificios y colinas de Plaza Venezuela; conquistar la avenida Bolívar con alegría efervescente y decidida; reconocer en el gesto esquivo del soldado tras la cerca de La Carlota mi misma osadía y angustia ante lo desconocido; habitar la imponencia del Ávila y los accidentes de las colinas como marcos visibles de un paisaje interior sin el que no podría explicarme; imaginar puentes reales que derroten las barreras que fuimos construyendo y tracen caminos para suturar partes que hoy creemos enfrentadas, eventos que venzan las distancias del valle y lo animen como unidad ciudadana, perspectivas que no impongan una contemplación estática sino que inciten movimiento y disidencia; apostar a que el hallazgo de ese encuentro de un día se haga vivencia cotidiana de una identidad compleja pero transparente, en la que nos hallemos, hablemos y, quizá, fallemos, pero con la liviana profundidad del horizonte abierto y la tierra fértil. La que no pueden extinguir las balas y la sangre que nos esperaban sin saberlo, como habrá siempre riesgo en al construcción de cada esperanza y abandonar una por temor al otro es ya morir, aunque parezca que seguimos respirando.
Pues no existe nación posible en la soledad autista de distancias y prejuicios, y la ciudadanía sólo puede construirse desde el arduo júbilo de un encuentro franco.